¿De qué sirve un maestro? [en la era de la Inteligencia Artificial]

Por Mgtr. Manuel Antonio Velásquez Alvarado, Psy

Hace unos años leía un artículo del escritor italiano Umberto Eco en el periódico «La Nación» de Argentina titulado «¿De qué sirve un profesor?». Este artículo me motivó a escribir una primera versión de este texto, que hoy, años después, me parece interesante reescribir en el contexto actual: ¿De qué sirve un maestro? [en la era de la Inteligencia Artificial]

El artículo de Umberto Eco plantea una cuestión fundamental: en tiempos donde la información es accesible para todos y desde diferentes medios, ¿por qué necesitamos aún a los profesores? Desde una perspectiva limitada sobre la labor docente, la respuesta es sencilla: no sirven de nada. En la actualidad, a la mirada de Eco, se suma el auge de la Inteligencia Artificial y las implicaciones para el acceso y gestión de la información y el conocimiento. En este contexto un maestro, que únicamente funge como un transmisor de información/conocimientos a sus alumnos, porque cree que él sabe y ellos no, se constituye en un actor cada vez más innecesario en el proceso educativo. Será un actor que no solo dejará de tener importancia, sino que tenderá a desaparecer.

La práctica clínica con niños y adolescentes, así como mi trabajo como docente universitario en los últimos años, me ha llevado al contexto de la escuela y a la ineludible y necesaria reflexión sobre la labor de un maestro. La función de estos en la vida de un niño, adolescente e incluso joven universitario es imprescindible cuando entendemos que se trata de acompañarlos a que aprendan, no a enseñarles; la diferencia es abismal. La docencia debe ser un gesto-acto liberador.

Paulo Freire (1970), en su obra «Pedagogía del oprimido», enfatiza la importancia de un enfoque liberador en la educación y sostiene que “la educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo” (p. 34). Esto resalta el papel del maestro no como transmisor de conocimientos, sino como facilitador del desarrollo crítico y liberador del estudiante.

Jacques Rancière en su lectura de Jacotot, en «El maestro ignorante», también aborda este tema al argumentar que la verdadera educación no es sobre la transmisión de conocimientos, sino sobre el despertar del potencial intelectual de los estudiantes. Rancière (1991) afirma que “enseñar lo que se ignora no es la misma cosa que enseñar lo que se sabe” (p. 12), subrayando que el proceso educativo es más acerca de guiar que de instruir.

La teoría de la complejidad, aplicada a la educación, también proporciona una perspectiva enriquecedora y es en ese sentido en que Edgar Morin, uno de los principales exponentes de esta teoría, en «Los siete saberes necesarios para la educación del futuro», sostiene que “es necesario enseñar una manera de aprender a aprender” (Morin, 1999, p. 25). Esto implica que el rol del maestro es ayudar a los estudiantes a navegar y comprender la complejidad del conocimiento, fomentando una educación que promueva el pensamiento crítico y la interconexión de saberes.

Sin embargo, la reflexión no está dirigida únicamente a cuestionar el futuro de la existencia de los maestros; también nos invita a cuestionarnos sobre qué tipo de maestros somos y debemos ser en la actualidad. Hoy podemos elegir entre ser de aquellos maestros que creen saberlo todo y enseñan a los estudiantes “que no saben nada”, o podemos elegir ser aquellos maestros que se reconocen como facilitadores que, desde la experiencia docente, pueden acompañar a sus pupilos en su proceso personal de aprendizaje, donde se les puede ayudar a ordenar, organizar e interpretar toda esa información y conocimiento al cual ya tienen acceso, no solo en la escuela, sino en sus hogares y comunidades.

El ser maestro es una elección y el ser un docente comprometido también; somos tan buenos maestros como lo elegimos ser. En un artículo anterior, «Maternidad y Paternidad en Cuarentena», hago referencia a la importancia de las maestras preescolares y cómo su función primordial es acompañar a los chicos a la introducción al mundo y ayudarlos a lidiar con sus vicisitudes, al mismo tiempo que hacen del conocimiento académico una herramienta para coadyuvar al niño a lidiar con la experiencia del mundo exterior. Creo que esta función sigue siendo fundamental en la primaria y secundaria, incluso en los primeros años de universidad, ya que estas también son etapas fundamentales en la constitución del sujeto; ergo, un mentor que los acompañe a transitarlas se constituye en algo fundamental.

En el contexto actual, un nuevo reto se presenta con el auge de la inteligencia artificial (IA) en la educación, ya que esta ofrece herramientas poderosas para personalizar el aprendizaje, automatizar tareas administrativas y proporcionar análisis detallados del progreso estudiantil. Sin embargo, también plantea desafíos significativos y dilemas éticos y prácticos en el proceso educativo. Según Freire (1970), “la educación debe ser una práctica de libertad, dirigida hacia la autonomía del estudiante” (p. 45). La IA, si no se usa adecuadamente, puede llevar a una educación aún más mecanicista y deshumanizada.

Jacques Rancière advierte sobre el peligro de depender demasiado de las tecnologías en el proceso educativo, en «El maestro ignorante», Rancière (1991) argumenta que “la verdadera educación depende de la relación humana y el diálogo, no de la tecnología” (p. 78). La introducción de la IA debe ser equilibrada con la necesidad de mantener la interacción humana y el desarrollo de habilidades socioemocionales.

La teoría de la complejidad también sugiere que la educación debe preparar a los estudiantes para enfrentar la incertidumbre y la complejidad del mundo real, Morin (1999) sostiene que “la educación no debe ser un proceso de transmisión de conocimientos cerrados, sino de formación para la autonomía y el pensamiento crítico” (p. 50). La IA puede ser una herramienta útil, pero no debe reemplazar el rol crítico del maestro como facilitador de este tipo de aprendizaje.

Ahora más que nunca, se hace necesaria una intervención docente que dé cabida a la peculiaridad de cada sujeto y, desde ese lugar, constituir un camino de aprendizaje que dará cabida a la particularidad del uno por uno. La función docente, irreductiblemente, sin dejar de lado lo agotador que puede llegar a ser, implica siempre una responsabilidad más allá de la enseñanza de una materia: facilita herramientas y habilidades para la vida. Ese profesor que es facilitador y no transmisor de conocimiento tiene mejores posibilidades de contribuir al crecimiento y desarrollo integral de los niños y jóvenes, y de aportar a la construcción de una mejor sociedad y un mejor país.

Dinámicas familiares adversas, modelos de crianza disfuncionales, problemas de aprendizaje, inhibición o simplemente las vicisitudes propias de cada edad son parte de la trama diaria que niños y jóvenes desplazan a la escuela. Muchos chicos parecen estar sentenciados al fracaso escolar y no es hasta que un afortunado día un maestro o maestra les cambia la vida. De pronto, alguien es capaz de dirigir hacia ellos una mirada y una lectura de su comportamiento diferente y decide acompañarlos, transitar con ellos un nuevo camino y disponer de auxiliarlos para destacar sus talentos y capacidades. Se constituye en una suerte de héroe, de mentor, que llega a marcar vidas y las transforma, como en esos casos que dan fe de haber sido ¡Salvados por un Maestro!

En la pandemia que vivimos entre el 2020 y el 2022, a pesar del distanciamiento físico-social y la virtualidad impuesta, muchos de los maestros y maestras tuvimos la oportunidad de reinventar nuestra función. Desde esa inédita experiencia los maestros se constituyeron en un lazo entre los niños y el mundo exterior, un mundo que fue para ellos, gracias a sus maestros y maestras, menos amenazante. Con la crisis sanitaria que llevó al cierre de los centros educativos, el papel del maestro no dejó de ser necesario; todo lo contrario, su función se transparentó y se hizo cada vez más indispensable como facilitador y acompañante de los niños y jóvenes, pero también de sus padres en la acción liberadora de aprender. Esto es una muestra que la historia retará siempre el lugar (y la existencia) del maestro. La labor docente es compleja y, en muchos casos, en contextos adversos. Hay mucha diversidad en el salón, pero aquel maestro que se implica en primera persona con sus alumnos hará cosas asombrosas. 

Este es un día para celebrar ese oficio tan apasionante, pero también es un día para reflexionar sobre nuestro actuar como docentes. Es importante festejar y pensar a profundidad sobre el compromiso que tenemos todos los días en nuestras manos. Mi reconocimiento y gratitud para todos los maestros y maestras que se atreven, en un gesto de rebelión, a hacer de su labor un acto de liberación a la conciencia.

Referencias:

Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.

Morin, E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. UNESCO.

Rancière, J. (1991). El maestro ignorante: Cinco lecciones sobre la emancipación intelectual. Libros del Zorzal.

Publicado por Manuel Velásquez Alvarado

Doctorando en Investigación en Educación por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Maestrando en Neuropsicología Clínica (UNIS). Maestro en Tratamiento del Trauma, Abuso Sexual e Incesto (UPANA Guatemala). Postgrado en Neuropsicología (UC Perú). Licenciado en Psicología Clínica (URL Guatemala). Psicoanalista de formación freudolacaniana. Director Clínico del Consultorio Psicológico Entre-Dichos. Miembro de colegio de psicólogos y de la Asociación de Psicólogos de Guatemala, Miembro fundador de la Asociación de Curriculistas de Guatemala. Docente universitario.

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