Por Mgtr. Manuel A. Velásquez Alvarado, Psy.

En Guatemala se suele usar el dicho popular «tener calle» o «tener barrio» el cual hace referencia a la capacidad de una persona para desenvolverse en situaciones sociales y demostrar un tipo de “sabiduría práctica” adquirida fuera de los entornos formales de educación. Tener calle entonces implica haber aprendido a lidiar con diversas situaciones cotidianas, desde negociar con el vendedor en el mercado o el tendero, hasta resolver conflictos interpersonales con pares. Es una suerte de “inteligencia social” que se desarrolla al interactuar con una amplia variedad de personas y situaciones en espacios públicos, en la calle.
Tener «calle» implica una comprensión social-emocional, de cierta profundidad, de las dinámicas sociales y una capacidad para adaptarse y responder eficazmente a los desafíos que se presentan en la cotidianidad en la vida. Los niños y jóvenes que tienen la oportunidad de «salir a la calle» y participar en la vida comunitaria desarrollan habilidades fundamentales para la vida como la empatía, la resiliencia y la independencia. Estas habilidades son fundamentales para el desarrollo personal y profesional a lo largo de la vida.
En la actualidad una gran proporción de los niños y jóvenes interactúen principalmente a través de dispositivos electrónicos en lugar de participar en actividades físicas y sociales en espacios presenciales no formales (más allá de la familia, la escuela y los centros comérciales). Si bien la disponibilidad de la tecnología proporciona beneficios significativos en términos de acceso a la información, comunicación y conectividad, también ha planteado retos considerables en cuanto al impacto en la salud psicológica de los jóvenes.
Aunque nuestro primer impulso sería culpar al exceso de dispositivos o a la hiperconectividad de los jóvenes, desde mi perspectiva, el problema reside en un fenómeno social más complejo: la falta de espacios seguros y diversos para la socialización, donde los niños puedan poner el cuerpo y se ponga en juego, junto a sus pares, ante los retos (y maravillas) de descubrir el mundo, siendo parte la de la tribu. La falta es de comunidad, es de barrio.
La evolución de la socialización juvenil
En otros tiempos, los niños y adolescentes solían pasar tiempo jugando en las calles, parques y otros espacios públicos, desarrollando habilidades sociales cruciales como la resolución de conflictos, la empatía y la colaboración. Estos entornos proporcionaban oportunidades para la interacción cara a cara, lo cual es esencial para el desarrollo emocional y cognitivo. Sin embargo, con el aumento de la inseguridad y los cambios en las dinámicas familiares y laborales, estos espacios han disminuido o se han perdido. Pero el motivo más fuerte es que los adultos, quienes son padres de estos chicos, también han perdido el sentido de comunidad y de barrio.
Cuando imparto alguna charla sobre crianza o tecnología siempre lanzo al ruedo una frase que para muchos es intolerable o como mínimo disruptiva: «los niños pasan tanto tiempo en las pantallas como el tiempo que no estamos dispuestos a dedicarles». Esta frase subraya una realidad importante: el uso excesivo de dispositivos electrónicos por parte de los niños a menudo refleja una falta de atención y dedicación por parte de los adultos en sus vidas y la falta de espacios para hacer comunidad. Reflejando la incapacidad de los adultos a responder creativamente a sus demandas de atención. A esto se suma nuestra incompetencia, como generación que los está criando, para forjar comunidad en su propio entorno. Estamos demasiado ocupados, demasiado estresados o ensimismados para tal faena.
En muchos hogares, las largas jornadas laborales y otras responsabilidades de los adultos reducen el tiempo que pueden pasar con los niños. Esto no solo limita las oportunidades para la socialización y el desarrollo de habilidades sociales, sino que también puede afectar el vínculo emocional entre padres e hijos. La falta de tiempo y de tiempo de calidad juntos puede llevar a que los niños busquen desahogo y entretenimiento en las pantallas, lo cual, a largo plazo, puede tener efectos negativos en su salud mental y desarrollo emocional.
Estudios recientes muestran que el uso excesivo de redes sociales está asociado con mayores niveles de ansiedad, depresión y problemas de autoestima.
Más allá de salir a la calle: es hacer comunidad
No se trata solo de que los niños y jóvenes puedan salir a la calle, sino de que estos espacios sean seguros y estén dedicados a actividades que fomenten el desarrollo integral, como el deporte, el arte y la cultura. Los espacios bien diseñados y gestionados pueden proporcionar un entorno seguro y estructurado para la socialización, ayudando a los jóvenes a desarrollar habilidades importantes en un contexto protegido.
No se trata solo de un espacio seguro donde “dejar salir” a los niños y jóvenes, se trata de que adultos y jóvenes salgan a la calle a hacer barrio, a hacer comunidad.
Imagine un barrio donde las calles están llenas de vida y actividad. En cada esquina, niños de diferentes edades juegan juntos, comparten risas y aventuras, mientras los adultos se reúnen en pequeños grupos, conversando y vigilando a los más pequeños. Estos barrios abiertos ofrecen una oportunidad invaluable para hacer comunidad y fortalecer los lazos sociales entre vecinos y pares.
En las plazas y parques del barrio, se organizan regularmente actividades comunitarias como actividades deportivas, talleres de arte y festivales culturales. Estos eventos no solo brindan entretenimiento, sino que también fomentan la participación activa de todos los miembros de la comunidad. Los niños aprenden a trabajar en equipo y a respetar las reglas, mientras los adultos comparten sus conocimientos y experiencias, creando un entorno de aprendizaje mutuo.
Un aspecto fundamental de los barrios y las comunidades abiertas es la seguridad. Gracias a la cooperación entre los vecinos y las autoridades locales, se pueden implementar medidas para garantizar que las áreas de juego y recreación sean seguras para todos. La presencia de adultos supervisando a los niños no solo ofrece tranquilidad a los padres, sino que también promueve un sentido de responsabilidad comunitaria de cuidarnos unos a otros.
Reflexión Inconclusa
Reflexionar sobre el impacto de la falta de «calle» de “barrio” en la salud mental de los jóvenes, debemos preguntarnos: ¿Qué estamos haciendo como sociedad para garantizar que los niños y adolescentes tengan acceso a espacios seguros para la socialización presencial más allá de los centros comerciales y de la limitada interacción en las colonias donde viven? ¿Estamos, como adultos, dedicando el tiempo y la atención necesarios a nuestros hijos, o estamos permitiendo que las pantallas ocupen ese espacio esencial en sus vidas?
Es indispensable reconocer que la solución no reside únicamente en limitar el uso de dispositivos electrónicos, sino en crear un entorno que ofrezca alternativas atractivas y seguras para crear comunidad y hacer barrio. Necesitamos fomentar comunidades donde la seguridad, la cooperación y el apoyo mutuo sean la norma, y donde los jóvenes puedan desarrollar habilidades sociales en un entorno saludable y enriquecedor.
En última instancia, la responsabilidad recae en todos nosotros. Padres, educadores, autoridades y miembros de la comunidad debemos trabajar juntos para proporcionar a nuestros jóvenes las herramientas y el entorno necesarios para su desarrollo integral. Solo así podremos asegurar que las futuras generaciones crezcan con la resiliencia, empatía y habilidades necesarias para enfrentar los desafíos de la vida.
