¿Salud Mental Empresarial? Factores protectores para nuestros colaboradores, garantía de nuestra sobrevivencia como empresa – frente al COVID19 –

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Autor: Manuel Velásquez, Psicólogo Clínico – Consultor Empresarial

La Salud Mental en el entorno laboral no es un tema nuevo para muchas empresas, desde hace un tiempo se habla de estrés laboral, mobbing(acoso laboral), comunicación asertiva, liderazgo positivo, etc. Algunas empresas han incorporado estrategias, definidas desde la psicología industrial organizacional, enfocadas en promover la Salud Mental a nivel ocupacional, esparcimiento y reducción del estrés laboral para su capital humano. Sin embargo, en la actualidad surge la pregunta ¿estas acciones son suficientes en tiempos del COVID19?, la respuesta es: no.

Los transtornos por depresión y por ansiedad cuestan a la economía mundial US$1 billón anual en pérdida de productividad

Estamos frete a una crisis mundial que impactara considerablemente a la sociedad, las familias, las personas y obviamente a las empresas. Frente a la crisis sanitaria mundial no basta con los aspectos que la psicología organizacional abarca, se hace necesario recurrir a acciones desde la psicología clínica que permitan mantener y promover la salud mental en tanto a sostener la moral, la motivación y la productividad de nuestros colaboradores en tiempos adversos.

En la actualidad, según la Organización Mundial de la Salud, se estima que en el mundo hay alrededor de 264 millones de personas que padecen depresión, una de las principales razones de discapacidad laboral en cuanto a que limita la funcionalidad de las personas. Regularmente esta afección se relaciona también con cuadros de ansiedad en sus diferentes manifestaciones. Un estudio reciente de la OMS determinó que los trastornos por depresión y por ansiedad cuestan a la economía mundial US$ 1 billón anual en pérdida de productividad.

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Estamos frente a una realidad inédita para la humanidad. El impacto de esta crisis, por sus alcances, no es comparable sino con las guerras globales. El mundo empresarial está hoy enfocado y preocupado por el impacto económico, en las medidas que los gobiernos están tomando para paliar los efectos económicos de la pandemia; están recreando sus estrategias de producción, distribución y comercialización, pero muy probablemente están olvidado un pilar fundamental del negocio: las personas. Cuanto mucho están enfocadas en garantizar medidas de higiene necesarias para evitar el contagio y la propagación.

En la mayoría de los casos las empresas están dejando de lado las acciones preventivas y de intervención en Salud Mental, principalmente dirigidas a los colaboradores más esenciales, como los mandos medios y operativos, en quienes se sostienen las operaciones de las empresas. Es importante recordar que la percepción de perder el trajo o el desempleo, es un factor de riesgo determinante para problemas psicológicos. Un contexto laboral adverso u hostil o el trabajo en condiciones de relativo riesgo, como una pandemia, puede ocasionar problemas de salud tanto físicos como psicológicos, puede generar violencia familiar (especialmente dirigida a las mujeres y niños), incrementar en el consumo de alcohol y drogas, baja en la productividad laboral, suspensiones laborales y malas relaciones humanas en el contexto laboral.

Actualmente las empresas tienen como reto mantener motivados a colaboradores con un mayor nivel de malestar general, viviendo una cuarentena, lidiando con nuevas dinámicas familiares (muchas de ellas disfuncionales), con dificultades de movilidad, preocupados por su futuro y por su estabilidad laboral, con estrés y ansiedad por salir a la calle y estar expuestos al virus, jornadas de teletrabajo largas y difíciles de separar de las actividades familiares. Ahora mismo tenemos que luchar con los efectos de todas estas variables y la productividad está siendo afectada. Por otro lado, sería un error creer que todo regresará a la normalidad cuando la pandemia sea controlada ya que es muy probable que para entonces tengamos colaboradores cansados, desbordados y desmotivados; es importante tomar en cuenta esto puesto que, saliendo de la crisis, viene una etapa fundamental en la cual necesitamos de personas motivadas y empoderadas: la recuperación.

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Factores de riesgo de la salud mental

La OMS destaca algunos factores de riesgo para la salud mental en el trabajo, los cuales son considerados determinantes en condiciones regulares y por lo tanto vitales e imprescindibles en un contexto como el actual, donde la humanidad tiene que luchar con una pandemia. Estos factores de riesgo son:

  • políticas inadecuadas de seguridad y protección de la salud;
  • prácticas ineficientes de gestión y comunicación;
  • escaso poder de decisión del trabajador o ausencia de control de su área de trabajo;
  • bajo nivel de apoyo a los empleados;
  • horarios de trabajo rígidos; y
  • falta de claridad en las áreas u objetivos organizativos.

Políticas empresariales para el cuidado de la salud mental

La procuración de la Salud Mental dentro de la empresa es responsabilidad de todos, implica una estrecha cooperación entre directivos, mandos medios y colaboradores. Debe estar enfocado en el cuidado, protección y prevención de los factores de riesgo. Un informe académico (2014), de la Brújula de la Unión Europea para la Actuación en materia de Salud Mental y Bienestar (EU-Compass), advierte que las intervenciones para que sea eficaces deberán tener un triple enfoque:

  • proteger la salud mental reduciendo los factores de riesgo relacionados con el trabajo;
  • promover la salud mental desarrollando los aspectos positivos del trabajo y las cualidades y capacidades del personal; y
  • tratar de solucionar los problemas de salud mental, con independencia de su causa.

El Foro Económico Mundial propone algunas medidas para crear un ambiente de trabajo saludable dentro en las organizaciones:

  • tomar conciencia del entorno de trabajo y de cómo se puede adaptar para promover una mejora de la salud mental de los distintos empleados;
  • aprender de las motivaciones de los directivos y empleados de la organización que han adoptado medidas;
  • no reinventar la rueda y fijarse en las medidas adoptadas por otras empresas;
  • conocer las necesidades de cada trabajador y las oportunidades de que dispone, con el fin de elaborar mejores políticas en materia de salud mental en el lugar de trabajo; y
  • conocer cuáles son las fuentes de apoyo a las que pueden recurrir las personas para pedir ayuda.

           En este contexto las empresas deben tomar medidas inmediatas para promover y desarrollar la resiliencia de sus colaboradores como condición irreductible para sus subsistencias y próxima recuperación

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Conclusiones 

Al ser este contexto un fenómeno global, de alta trascendencia social y económica, las medidas no pude ser solo paliativos desde la actitud de “esperar a que la crisis pase” para retomar el ritmo habitual. Corresponde adelantarnos y comprender que esta es la nueva realidad, que regresar a un estado anterior (de ser posible) tomará mucho tiempo. Debemos iniciar nuestro proceso de transformación y adaptación dirigido a nuevos modelos de negocio, producción y comercialización de nuestros productos y a los nuevos esquemas de promover y prestar nuestros servicios. La aceptación de esta nueva realidad y este proceso de adaptación es aún más importante en términos personales e individuales. La industria se puede adaptar y resurgir, pero solo a través de la adaptación y resurgimiento de las personas: nuestros clientes/consumidores, pero también nuestros colaboradores. En este contexto las empresas deben tomar medidas inmediatas para promover y desarrollar la resiliencia de sus colaboradores como condición irreductible para sus subsistencias y próxima recuperación.

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Soy un psicoterapeuta pseudocientífico

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Autor: Antonio Soler, Psicólogo y Psicoanalista / Tomado de: CatalunyaPress / Imagen: Tute (tomada de wetoker.com)

Me llega de una asociación que se dedica a protegernos de las terapias pseudocientíficas una lista de éstas. Entre ellas figura el psicoanálisis, práctica que ejerzo como consigno tres líneas más arriba. Los psicoanalistas ya estamos acostumbrados a estas críticas y a sus argumentos: que si se trata de una teoría filosófica sin base científica, que si todo lo atribuye a la sexualidad o a los traumas de la infancia, que si echa la culpa a los padres, que si Freud, su fundador, era esto o lo otro, que si es largo, que si es caro. La mayoría de estas críticas ya se formularon cuando nació esta teoría, hace ya más de un siglo. ¡Ah, se me olvidaba! otra de las críticas es que es algo viejo y pasado de moda.

Desde siempre una gran parte de los esfuerzos de la humanidad se ha dedicado a la lucha contra la enfermedad, el dolor y la muerte. La magia y las religiones surgieron para este fin. Con buena o mala fe magos, sacerdotes, brujos, curanderos, líderes sectarios o vendedores callejeros se ha afanado en encontrar pócimas, ceremonias, ensalmos, cartas astrales, tarots, cirios, imágenes o aguas santas de las más diversas procedencias, que nos prometen la curación de todas las enfermedades, la recuperación del amante perdido o simplemente la felicidad. Son propuestas basadas exclusivamente en creencias o principios mágicos, que en un mundo mercantilizado generan pingües beneficios para quienes se aprovechan de la credulidad de la gente o de su necesidad de esperanza.

No todo es engaño o pensamiento mágico. Los fármacos surgieron de la comprobación empírica del efecto que plantas u otros productos de la naturaleza, ejercían sobre la salud. La prevalencia moderna del pensamiento racionalista y experimental requiere pruebas certificadas según modelos matemáticos o de las ciencias físico naturales. Y expulsa del paraíso científico a los saberes que no se atienen a esta normativa, como las llamadas ciencia humanas. Estas pueden estar sostenidas por teorías sólidamente fundamentadas pero difícilmente pueden ser experimentalmente validadas. No se pueden hacer experimentos para comprobar los efectos del maltrato por razones obvias. Pero también la enorme variabilidad entre los sujetos humanos hace altamente impredecible los efectos de cualquier causa.

«Y expulsa del paraíso científico a los saberes que no se atienen a esta normativa, como las llamadas ciencia humanas. Estas pueden estar sostenidas por teorías sólidamente fundamentadas pero difícilmente pueden ser experimentalmente validadas.»

No es este el marco para una compleja, y posiblemente aburrida disquisición acerca de lo que es científico o no. Este sí que es un debate filosófico: aunque no lo sepan los defensores de la psicología científica, forma parte de la epistemología, aquella rama de la filosofía que se ocupa de cómo conocemos o como nos aproximamos a lo verdadero.

Seguramente podrán entenderme mejor si les explico como trabajo y por qué lo hago así. Atiendo personas que sufren. Unas, sufren de tristeza, de desesperanza y parece que nada les puede sacar de su pesimismo o de su insatisfacción. A otras, cualquier cosa, aparentemente inane, despierta en ellas un malestar intenso e indefinible, una intranquilidad sin causa reconocible que nada de su entorno le da reposo. Algunas, no pueden evitar tener pensamientos que les atormentan y que les hacen vivir casi continuamente abrumados por la culpa o la vergüenza. Muchos, están como adheridos a objetos, costumbres, o personas de los cuales, aún sabiendo que les son perjudiciales, no pueden prescindir: son adictos a sustancias, juego, trabajo o parejas tóxicas. Hay quien se queja de molestias físicas (dolores de cabeza, articulares, digestivos) de las que no parece aventurado ni acientífico decir que son producidos por “els mals de cap” o por “els mals de panxa”, como si estas personas fácilmente traspasaran ese límite indefinido entre lo mental y lo corporal.

Quienes me consultan necesitan hablar de lo que les pasa. Cualquier científico que se precie se preguntaría cuál es la razón por la que muchas personas necesitan mostrar a otras su dolor. La explicación más fácil es que les va bien desahogarse, como si la angustia ejerciera una presión que pide una válvula de escape, que no les resuelve hacer deporte, gritar o golpear un cojín. Escuchar el dolor de quien acude a mí permite acompañarlo, decirle que está menos solo, que en ese camino alguien va a ir a su lado; también que su dolor es digno de ser escuchado, no es una mera queja sinsentido, no es una deformidad vergonzante ni una tara moral de su mente. Su dolor habla, dice algo que puede ser entendido. El sufrimiento mental contiene otro sufrimiento dentro de si: el del desconocimiento. Quienes me hablan no entienden las razones de su malestar, o las que encuentran les parecen insuficientes.

A veces me dicen: “Las cosas me van bien, tengo un trabajo que me gusta, me gano bien la vida, mi pareja me quiere, estamos sanos… y sin embargo no puedo dejar de sentir una inquietud, un temor, un miedo a que pase algo…” “¿Por qué me produce tanta angustia viajar en autobús? ¿Por qué me irrito tanto ante comentarios aparentemente inocentes?” Y es que a diferencia del dolor físico que uno puede localizar el alguna parte del cuerpo, suponer una causa o esperar unas pruebas que proporcionen información sobre el órgano dañado, el dolor mental se comporta de otra manera, mas opaca, mas indefinida, ante el cual mi consultante se siente inerme.

Todos realizamos actos que no nos damos cuenta que hemos hecho o que olvidamos. Nos cuesta admitir en la conciencia que albergamos pensamientos, emociones y fantasías, que desde un punto de vista ético o estético no es lo que quisiéramos ver de nosotros mismos o de los que amamos. Nuestra mente registra cualquier acontecimiento, nuestro cerebro esta organizado para que cualquier estímulo deje una impronta en su circuito neuronal, sin embargo no puede ser evocado porque el suceso se produjo cuando el sujeto era aun muy joven y nadie le ayudó a comprenderlo, nadie le puso palabras que le dieran una significación. El hecho ha quedado en su mente pero confuso, incomprensible, como una imagen violenta vista en un diario pero sin pie de foto que la explique. Con estos hechos pretendo dar cuenta de la manera más fácil posible de la presencia de lo inconsciente en todas las personas, por qué hace a menudo incomprensible el dolor mental y como lo trabajo con quien me pide ayuda.

He dicho que viene a ser escuchado y le escucho para que se escuche a si mismo. Establecemos un diálogo para que él o ella vaya descubriéndose, levantando las capas que le ocultan a si mismo, los pensamientos que le son difíciles de aceptar, los deseos no reconocidos, las insatisfacciones negadas o las satisfacciones prohibidas. En un trabajo lento, cuidadoso con el otro, buscamos palabras y relatos que conecten con aquello que es difícil de reconocer y recordar. Forma parte de la teoría que dirige mi trabajo, pensar que las persona se van haciendo como tales a lo largo de su historia, es decir, de las relaciones que han ido tejiendo con las otras personas significativas de su entorno. No niego la herencia genética, pero se me impone, no como un principio teórico, sino como una experiencia comprobada, que las personas mas significativas de su historia han ejercido una influencia que ha acabado conformando su manera de ser. También que estas influencias ha sido mas poderosas cuanto mas precoces se han ejercido. No creo que afirmar que los amores y hostilidades entre padres e hijos deja señales en la constitución de la personalidad de estos sea solo un mito del psicoanálisis. Puede que no se trate de una evidencia científica pero es una evidencia humana.

«Puede que no se trate de una evidencia científica pero es una evidencia humana.»

Trato de no superponer mis propias teorías, ni mis prejuicios a lo que él puede ir descubriendo de si mismo. Por eso no doy consejos, no sirve y es poco ético. No sirve porque justamente lo que siente es que no puede dirigir su propia vida, algo se le impone desde él mismo como si fuera exterior a él. No es ético porque supone que como terapeuta tengo derecho a decidir la vida de el otro. Es un trabajo que necesita respeto y paciencia. Por eso necesita su propio tiempo.

Poco a poco el paciente va descubriendo sus auto engaños, los compromisos que le atan a una manera de hacer, los chantajes emocionales propios o ajenos que le tienen secuestrado, las creencias “incuestionables”, los sometimientos a normas que le tiranizan, la toxicidad de algunos amores. Que cuando estamos unidos al dolor por el amor, alejarse del dolor es perder amor. Hacer el camino de una terapia analítica es entre otras cosas un duelo, un dolor, que hacemos acompañados y respetados.

He presentado mi manera de acercarme a la subjetividad para entenderla y de esta manera atender su sufrimiento. Que discurra como un diálogo interpersonal no quiere decir que sea una conversación cualquiera como la que se tendría con un amigo; que no este cuantificada no reduce su rigurosidad ni que no registre repeticiones de las causas y en los efectos. La dirección de un proceso terapéutico no es un acto aleatorio ni de buena voluntad, esta sostenida por el rigor de una teoría coherente, contrastada y rectificada cuando nuevas experiencias son analizadas e incorporadas a la teoría y a la práctica. Que no use los métodos de las ciencia biológicas lo que indica no es falta de cientificidad sino que su objeto es otro: el sujeto psíquico en toda su complejidad, en el que se articulan lo biológico, lo psíquico y lo social. Por supuesto que todo lo que el ser humano hace, piensa o siente se sostiene por su cerebro y su sistema neurológico. No habría subjetividad sin neuronas, pero existen otras diversas maneras de acercarse a la subjetividad. Yo prefiero acercarme desde la humanidad de lo humano.

Existe un problema cuando una modalidad descalifica a la otra. Posiblemente hay una manera de concebir lo que es científico que excluye mi práctica y la de mis colegas en la teoría. Tal vez desde esa concepción el nuestro no sea un trabajo científico, tal vez sea el de un artesano que conoce la materia con la que trabaja, sabe como se comporta habitualmente, posee una experiencia trasmitida y ejercida y sabe adaptarse a las características y dificultades de cada una de sus modalidades. Tampoco me parece mal.

Hace años vi en el diario una viñeta de El Roto. Era la cara de una mujer que decía “Yo hablo de amor y él de serotonina”.

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El aprendizaje de saber perder

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Jorge Alemán Lavigne, Filósofo, psicoanalista / tomado de: redpsicoanalitica.com 

«¿Qué es la vida para el que no sabe perder? Pero saber perder es siempre no identificarse con lo perdido. Saber perder sin estar derrotado. Le debo al psicoanálisis entender la vida como un desafío el que uno no puede sentirse víctima..»

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¿Cómo saber cuándo alguien se encuentra con una disciplina? Un encuentro que merezca ese nombre es siempre portador de las marcas de lo imprevisible. Todo lo importante nos llega de modo imprevisto, pero lo imprevisto necesita tiempo para prepararse. En este caso lo imprevisible se fue preparando a partir de distintas escenas, escenas que de algún modo introducían una orientación hacia un cierto tipo de psicoanálisis. En primer lugar algunos sueños y pesadillas de la infancia, pues de manera muy temprana supe, de modo espontáneo, sin reflexión y sin indicación de nadie, que esos sueños concernían a lo más crucial de mi vida. especialmente me impactaba el carácter «ultraclaro», la extraña nitidez de algunos sueños y el tiempo que le llevaba a la vigilia reponerse de ese impacto. De un modo prerreflexivo, intuí que si algo no se puede significar y se presenta a nosotros con una opacidad radical y a la vez, sin saber por qué, nos concierne, esto exige que intentemos ponerlo en palabras o por escrito o narrarlo para alguien. Y esto lo empecé a intentar desde mi adolescencia. Por ello, siento haber tenido un presentimiento muy primario de lo «real lacaniano», en particular, a partir de sentir que podía intentar pensar algunas cosas por mi cuenta y descubrir que pensar sin obsesionarse es una especie de felicidad.

También el hecho de que mi escritura fuese ilegible desde el punto de vista caligráfico, y que muchas veces el profesor devolviera un examen sin haberlo leído despertó en mí una gran atracción por las inscripciones en paredes, la letra impresa, los neologismos de la lengua, el argot de la calle y los diversos puntos de fuga de la gramática. En este sentido, antes de empezar la cura analítica, la experiencia del inconsciente me llegó a través del poema que «el» habla por sí misma desliza en la lengua sin saberlo.

Luego, en la adolescencia, la militancia política incluyó en el centro de la propia existencia una nueva aporía, una cuestión indecidible de gran calado, a saber, por un lado la «causa revolucionaria» demandaba una entrega incondicional donde obviamente una desventura personal siempre tenía que ser irrelevante con respecto a la marcha ineluctable y necesaria de la historia. Pero, por otra parte, en la cura analítica, en su propio discurrir, fui abriéndome en cambio a mi propia «finitud», a las cosas importantes que nos alcanzan de un modo contingente, a los traumas que se repiten, a los dilemas que sólo se resuelven con una elección sin garantías; en suma, a todo aquello que sólo uno debe saber si es capaz de soportar o no. Esta aporía, esta tensión inaugural entre la lógica interna de un proceso histórico y la exigencia ética del propio deseo, de distintas maneras aún insiste en todos mis proyectos. Me apasiona en la disciplina freudiana la relación de conjunción y disyunción entre la marcha de la civilización y la experiencia subjetiva.

¿Qué le debo al psicoanálisis? Haber aprendido a saber perder. ¿Qué es la vida para el que no sabe perder? Pero saber perder es siempre no identificarse con lo perdido. Saber perder sin estar derrotado. Le debo al psicoanálisis entender la vida como un desafío el que uno no puede sentirse víctima; en definitiva, el psicoanálisis me ha enseñado que uno debe entregarse durante toda una vida a una tarea imposible: aceptar las consecuencias imprevisibles de lo que uno elige.

Por otra parte, a diferencia de otras disciplinas o corrientes del pensamiento más propicias para dejarse seducir con los espejismos intelectuales del saber, lo que más me importa en el psicoanálisis es su honestidad con respecto a una verdad que nunca puede ser dominada por el saber, el psicoanálisis es una experiencia de pensamiento donde el saber queda «desidealizado», pero que nos advierte de la infatuación que implica identificarse con la verdad. Su honestidad mayor radica en verificar siempre que es posible e imposible en una experiencia humana con otro. Sin coartadas nos abre a la impotencia o imposibilidad que toda auténtica empresa de transformación pone en juego irremediablemente.

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No existe. El TDAH es un diagnóstico que carece de entidad clínica, y la medicación, lejos de ser propiamente un tratamiento es, en realidad, un dopaje.

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Entrevista a MARINO PÉREZ por CHARLOTEA FOMINAYA publicada en abc.es / Foto: Manuel Velásquez – ArchivoIMG_0651.jpg

 

«No existe. El TDAH es un diagnóstico que carece de entidad clínica, y la medicación, lejos de ser propiamente un tratamiento es, en realidad, un dopaje». Esta es la sentencia de Marino Pérez, especialista en Psicología Clínica y catedrático de Psicopatología y Técnicas de Intervención en la Universidad de Oviedo, además de coautor, junto a Fernando García de Vinuesa y Héctor González Pardo de «Volviendo a la normalidad», un libro donde dedican 363 páginas a desmitificar de forma demoledora y con todo tipo de referencias bibliográficas el Trastorno por Déficit de Atención con y sin hiperactividad y el Trastorno Bipolar infantil. Lo que sí que existe, y es a su juicio muy preocupante, es el fenómeno de la «patologización de problemas normales de la infancia, convertidos en supuestos diagnósticos a medicar».

—En «Volviendo a la normalidad», ustedes ponen el dedo en la llaga, al asegurar que el llamado Trastorno por Déficit de Atención, con o sin Hiperactividad (TDAH), no existe.

—El TDAH es un diagnóstico, cada vez más popularizado, que carece de entidad clínica. Para empezar, no se establece sobre criterios objetivos que permitan diferenciar el comportamiento normal del supuestamente patológico, sino que se basa en apreciaciones subjetivas, en estimaciones de los padres del tipo de si «a menudo» el niño se distrae y se mueve mucho. Más que nada, el diagnóstico es tautológico. Si un padre preguntara al clínico por qué su hijo es tan desatento e inquieto, probablemente le respondería porque tiene TDAH, y si le preguntara ahora cómo sabe que tiene TDAH, le diría porque es desatento e inquieto. Por lo demás, insisto, no existe ninguna condición neurobiológica ni genética indenficada, y sí muchas familias donde no se asume que la educación de los niños es más difícil de lo que se pensaba.

—¿Quiere decir que no hay ninguna prueba médica que lo demuestre?

—No. No existen pruebas clínicas ni de neuroimagen (como TC, RM, PET, etc) ni neurofisiológicas (EEG, ERP) o test psicológicos que de forma específica sirvan para el diagnóstico. Lo que nosotros decimos en esta obra, con toda seguridad, es que no hay ningún biomarcador que distinga a los niños TDAH. No se niega que tengan problemas, pero son niños, que tienen curiosidad y quieren atender a lo que sea, moverse… A sentarse es algo que hay que aprender. No existe ninguna alteración en el cerebro.

—Pero los expertos en TDAH afirman que este trastorno mental/psiquiátrico del neurodesarrollo conlleva ciertas particularidades cerebrales, y niveles anormales de sustancias neurotransmisoras…

—Pudiera haber diferencias en el cerebro, como es distinto el cerebro de un músico al de otro que no lo es. Incluso el de un pianista a un violinista. Pero esa diferencia del cerebro no es la causa. El cerebro es plástico y puede variar su estructura y su funcionamiento dependiendo de las exigencias y condiciones de vida. Un ejemplo muy famoso es del hipocampo cerebral de los taxistas de Londres. Cuantos más años de profesionalidad, más alterada es esa estructura cerebral. ¿Por qué? Porque está relacionada con el recuerdo y la memoria espacial, como es requerido para ser taxista en una ciudad de 25.000 calles como Londres. Lo que se pueda observar diferencial en el cerebro de quien sea, en este caso de niños a los que se diagnostica TDAH, no explica que esa sea la causa del supuesto trastorno, si no que los niños sean más activos e inquietos. Pero algunos padres se agarran o podrían estar interesados en encontrar una diferencia cerebral en los niños que les justifique o exima de responsabilidad en lo que le pasa al niño. Insisto, no hay ningún clínico ni ninguna prueba de neuroimagen que pueda validar un diagnóstico, como no hay evidencia que demuestre que los niveles cerebrales de dopamina o noradrelina sean anormales en niños con este diagnóstico.

—Ustedes también recogen en su obra que muchos clínicos, y hasta laboratorios farmacéuticos, que reconocen que no hay biomarcadores específicos.

—Cualquiera que esté al tanto de las investigaciones no puede dejar de reconocer que en realidad no hay biomarcadores específicos por los que se pueda diagnosticar ese TDAH como una entidad clínica diferencia. En España hay multitud de expertos en el tema que después de defender que es un trastorno bioneurológico, reconocen que no hay bases neurológicas establecidas para el diagnóstico. Y sin embargo mantienen ese discurso. Casualmente, suelen ser personas con conflictos de intereses reconocidos y declarados, que han recibido y está recibiendo ayudas y subvenciones y todo tipo de privilegios de diversos laboratorios. Es decir, muy a menudo los defensores del TDAH mantienen esa retórica a pesar de que no hay evidencia, por un conflicto de intereses que les lleva a sesgar la información por el lado de lo que desean que hubiera en base a los intereses de hacer pasar el trastorno como si fuera una enfermedad que hubiera que medicar.

—La realidad es que el TDAH se acaba de reconocer en la flamente Ley orgánica para la mejora educativa (LOMCE).

—Las instancias políticas, empezando por el Parlamento Europeo, con su «libro blanco» sobre el TDAH, y terminando por su inclusión en la Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE), puede que estén dando carta de naturaleza a algo cuya naturaleza, valga la redundancia, está por determinar y que, de hecho, es controvertida. Se está reclamando que se hagan las dotaciones adecuadas que contempla la ley como son ayudas, subvenciones, e incluso rebajas para la adquisición de los libros de texto, ventajas para acceder a becas, quien sabe si hasta para acceder a la Universidad. Mientras, los lobbies de la industria farmacéutica se estarán frotando las manos, viendo como los políticos «trabajan» a su favor. Los políticos creerán que han hecho lo políticamente correcto pero, de acuerdo con lo dicho, sería incorrecto científicamente.

—Usted augura que, a partir de este reconocimiento, habrá muchos interesados en que el niño reciba un diagnostico formal de TDAH.

—Si. Esto mismo que ha pasado en España, de que la Ley otorgue cobertura legal al TDAH, se vio con anterioridad en 1997 en Quebec (Canadá). Allí hicieron un estudio de seguimiento de diagnósticos durante los 14 años siguientes y se encontró que en esa provincia canadiense en concreto, y a diferencia del resto de Canadá, había aumentado exponencialmente el número de niños medicados. Un crecimiento que no se observó en otras enfermedades propiamente infantiles como el asma, donde el porcentaje se mantuvo el resto del tiempo. Además, los niños que tomaban medicación de forma continuada tenían un rendimiento más bajo a largo plazo. Y tenían a su vez otros comportamientos y otras alteraciones como ansiedad y depresión.

—Los efectos secundarios de la medicación es algo que ustedes también citan en esta obra, al señalar que los padres no son muy conscientes de los mismos.

—La utilidad de la medicación, hasta donde lo es, no se debe a que esté corrigiendo supuestos desequilibrios neuroquímicos causantes del problema, como se da a entender, sino a que el propio efecto psicoactivo de la droga estimulante puede aumentar la atención o concentración, como también lo hacen el café o las bebidas tipo Red Bull. La medicación para el TDAH no es, en rigor, un tratamiento específico, sino un dopaje: es la administración de fármacos o sustancias estimulantes para potenciar artificialmente el rendimiento. En cuanto a la salud, estas anfetaminas lo que producen es un efecto inmediato (si es continuado) de aumento de la presión sanguínea y cardiaca, que les puede llevar a tener a la larga más riesgos cardiovasculares. Tampoco les debería sorprender su efecto sobre el retraso del crecimiento. La cuestión es saber que pasa tras años de medicación.

—Si el TDAH no es un cuadro clínico, pero sí un problema de conducta, ¿qué pueden hacer los padres afectados?

—Lo dificil hoy en día es que los padres puedan tener una atención más continuada y sosegada con los niños. Pero la atención y la actividad se pueden aprender, y mejorar. Hay estudios hechos y publicados en la versión americana de Mente y Cerebro con niños pequeños abocados o candidatos a recibir el diagnóstico. Se les enseñaba a los padres a realizar diversas tareas con esos pequeños, con el objeto de educar la atención y su impulsividad. Y se ha comprobado que con estas actividades consistentes en juegos tipo «Simon dice», donde uno tiene que esperar a responder cuando se le pide algo, se ha logrado que los niños mejoren y controlen la impulsividad o los comportamientos que les abocaba al TDAH.

—Mientras tanto, usted señala que las asociaciones de afectados tienen publicidad en sus webs de los laboratorios farmacéuticos implicados en la fabricación de los medicamentos.

—Si usted echa un vistazo a alguna de ellas lo podrá comprobar por usted misma. En mi opinión, las asociaciones de padres y afectados por el TDAH, si no quieren hacerle el juego a otros intereses, debieran tener prohibido en sus estatutos recibir financiación de los fabricantes de medicación, y utilizar como divulgación sus explicaciones y panfletos. Es como si ponemos al lobo a cuidar de las ovejas. Aunque los laboratorios reciban cuantiosas multas por la inapropiada promoción de sus preparados y afirmaciones engañosas acerca de su eficacia, como los 56.5 millones de dólares que tendrá que pagar el principal fabricante de medicamentos para el TDAH, no será nada comparado con los 1.200 millones de dólares que tiene previsto ganar en 2017 con uno de ellos. De estas cosas también hay que hablar cuando se habla de TDAH.

—¿Recomendaría usted alguna lectura a padres preocupados?

—A los padres de niños diagnosticados con TDAH les aconsejaría, sobre todo, que no aceptaran guías cuyos autores y asesores tengan conflictos de intereses con las industrias farmacéuticas. Que busquen guías independientes que cuenten la verdad de lo que se sabe del TDAH y de las implicaciones que tiene la medicación. En España el Boletín de Información Farmacoterapéutica de Navarra ha editado una que se titula Atentos al Déficit de Atención (TDAH) entre la naturaleza incierta y la prescripción hiperactiva. Es una guía que puede ser muy útil para que los padres sepan a qué atenerse o que esperar de los fármacos. Y que ellos decidan.

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El proyecto Making Caring Common («Hacer de la solidaridad algo común») llevado a cabo por la universidad de Harvard para criar a un buen niño.

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Texto de: Marga Wesolowski publicado en hacerfamilia.com / Fotografía: Manuel Velásquez (Archivo)img_7871

Si tu hijo saca todo sobresalientes, o es pichichi de la liga de futbol de su colegio, lo más probable es que después haya una buena celebración en casa. Pero, ¿y cuando hace algo bueno por los demás? Según el estudio llevado a cabo por Rick Weissbourd, psicólogo de la universidad de Harvard, solo uno de cada cinco niños creen que a sus padres les preocupa que sus hijos sean buenas personas, por encima de sus logros académicos o su felicidad.

Los logros personales o la felicidad no son lo más importante

La iniciativa de Weissbourd de crear una guía de 5 pasos para criar a un buen niño, ha dado la vuelta al mundo. El proyecto Making Caring Common («Hacer de la solidaridad algo común») llevado a cabo en la universidad de Harvard ha liderado una encuesta a 10.000 alumnos de secundaria y bachillerato sobre los valores que eran más importantes para ellos. Los alumnos eran de 33 colegios diferentes de todas partes de Estados Unidos y de distintas clases sociales y razas. El 80 por ciento de estos niños consideraron que los logros personales o la felicidad eran lo más importante.

Aunque en el pasado padres y educadores hayan asegurado que valoran más la bondad que los logros personales, es evidente que los niños no les creen. Cuando se les preguntó si estaban reflejando las prioridades de sus padres, los alumnos contestaron afirmativamente. De hecho, la gran mayoría estaba de acuerdo con la frase «a mis padres les enorgullece más que saque buenas notas que ser un miembro solidario en mi comunidad».

5 pasos para criar un buen niño, según Harvard

El problema es que, según Weissbourd, cuando se educa a los niños con estas prioridades, hay un riesgo más elevado de que se den «comportamientos dañinos, como ser cruel, irrespetuoso o deshonesto». Según varios estudios, el 50 por ciento de los alumnos admiten haber copiado en un examen y el 75 por ciento haber copiado los deberes. Además, vivir de acorde con este standard provoca estrés y depresión.

Por mucho que les expliquemos a nuestros hijos que ser amables y ayudar a los que lo necesiten es importante, el mensaje que reciben es que la prioridad es sacar buenas notas y ser feliz, aun a costa de los demás o de sacrificar valores tan importantes como la caridad y la honestidad.

Cómo criar a un buen niño en 5 pasos, según Harvard

Para cambiar este modelo educativo y que los niños aprendan a poner en orden sus prioridades, Weissbourd nos facilita la guía para criar a un buen niño en cinco pasos.

1. Haz de preocuparte por otros tu prioridad. Los niños necesitan aprender el equilibrio entre su felicidad y la de los demás. Necesitan oírte decir que ayudar a los demás y ser buenos es la prioridad número uno. Una parte clave para conseguir que interioricen esto es someterles a unas importantes expectativas éticas, como cumplir con lo prometido, aunque les haga infelices. No te preocupes, no lo serán por mucho tiempo. A la larga esto les ayudará en sus relaciones con los demás y, por lo tanto, a alcanzar una felicidad plena. Para ayudarles a reorganizar sus prioridades prueba esto:

– Cambia «lo más importante es que seas feliz» por «que seas bueno».

– Asegúrate de que se dirija a los demás con respeto.

– Cuando interactúes con otros adultos en su vida, enfatiza lo importante que es la amabilidad. Por ejemplo, pregunta a sus profesores si ayuda a los demás en clase.

2. Facilita que tus hijos practiquen la amabilidad y gratitud. Varios estudios muestran que las persones que habitualmente expresan su gratitud suelen estar más dispuestos a ayudar y son más generosos, compasivos e indulgentes; y también ¡más sanos y felices! Como en todos los hábitos buenos, lo importante es la repetición. Prueba esto:

– No le recompenses por cada buena acción como poner la mesa. Se espera del niño que ayude en casa con normalidad, y que sea bueno con sus familiares y vecinos. Recompensa solo las buenas obras que sean excepcionales.

– Habla con tu hijo sobre buenas o malas acciones que haya podido presenciar. Trabaja con tus hijos la bondad.

– Haz que dar gracias se convierta en un hábito en las comidas, al acostarse o en el coche. Dad gracias juntos por los que os han ayudado durante el día.

3. Enseña a tus hijos a tener perspectiva. La mayoría de los niños se preocupa por sus familiares y amigos. El objetivo sin embargo, es que nuestro hijo aprenda a preocuparse por alguien de fuera de su círculo, como un niño nuevo en clase, el conserje del colegio, o incluso alguien que viva en otro país. Es importante que los niños aprendan la perspectiva de las personas con las que conviven y la de los más necesitados. Para conseguirlo, prueba esto:

– Asegúrate de que tu hijo sea amable y agradecido con las personas con las que se encuentra diariamente, como el conductor del autobús o la camarera.

– Anímale a preocuparse por los necesitados. Dale ideas como consolar a un compañero de clase con el que se meten los demás.

– Utiliza el periódico o la televisión para enseñarle los problemas a los que se enfrentan niños en otros países.

4. Sé un ejemplo de moralidad. Los niños aprenden valores observando cómo actúan las personas que les rodean. Necesitamos practicar la honestidad, justicia y caridad para que nuestros hijos puedan aprenderlo de nosotros. Para que aprendan cómo queremos que se porten con los demás, prueba esto:

– Intenta hacer voluntariado una vez al mes y, si es posible, que te acompañe tu hijo.

– Plantéale a tu hijo un dilema ético como «¿Debería invitar a mi vecino a mi cumpleaños si a mi mejor amigo no le cae bien?». Enséñale como lo solucionarías tú, guiándote por los buenos valores que le estás enseñando.

5. Ayúdales a manejar sentimientos negativos o destructivos. A veces, aunque nuestros hijos quieran ayudar a los demás, un enfado, la vergüenza o la envidia pueden ponerse en su camino. Necesitamos enseñarles a manejar estos sentimientos negativos para que no les impidan preocuparse por los demás. Prueba esto:

– Pídele a tu hijo que pare un momento y respire hondo. Que inspire por la nariz, expire por la boca y que cuente hasta cinco. Enséñaselo cuando esté tranquilo. Cuando se enfade o esté disgustado, ponedlo en práctica. A la larga, lo hará de forma automática y podrá expresar así su frustración sin dejar que afecte a su comportamiento.

 

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“Puta y ahora resulta que las mujeres quieren mandar a los hombres que coman mierda” (ó El machismo y la violencia sexual: la cristalización guatemalteca de la violencia simbólica).

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Texto por Lcdo. Manuel Velásquez, Psicólogo Clínico y Psicoanalista Infantojuvenil 

Hace unos días las conductora de radio y televisión Andrea Henry publicó en sus redes sociales un video apoyado y promoviendo la iniciativa de la Fundación Sobrevivientes #NoSePuedeSerMujer, que busca incidencia política y social para la creación y aprobación de una ley que castigue el hostigamiento y la violencia sexual callejera. Luego de esta publicación Andrea recibió varios mensajes en su redes sociales que, no solo afirman la misma necesidad de la ley, sino que justamente hacen real el “No se puede ser mujer”. Algunos de estos comentarios fueron (se transcriben literales):

“Puta y ahora resulta que las mujeres quieren mandar a los hombres que coman mierda” / «Después va a salir esta serota apoyando a los gays y lesbianas puta desgraciada” /  “Cada ley que se va creando para que putas sirve… luego esta serota a su marido va a meter preso solo por gritarle” / “jajaja ya déjense de culeradas y feminismo cerote! Hay que respetar para que la respeten, como pisados piden respeto su salen a la calle vestidas como putas? como que si ustedes jamás an visto con deceo a un hombre, hipócritas”  /  “ Las mujeres tiene la culpa de vestirse tan provocativas y luego se anda quejando. Los mismos medios de comunicación venden a la mujer como imagen sexual”

La violencia simbólica (establecida por Bourdieu en la década de los 70) es una supuesta acción racional, donde el ser dominador ejerce una suerte de violencia indirecta y no físicamente específica, dirigida a los dominados, quienes no la registran al nivel de la consciencia y que tampoco la asumen dirigida hacia sí mismos, por lo que de alguna manera cargan con una complicidad respecto a su propia dominación.

Me parece que la violencia simbólica de Bourdieu se acerca a lo que Hegel llamó “la dialéctica del amo y el esclavo”, en donde hay un amo poseedor (y administrador) del deseo y un esclavo que lucha por el reconocimiento (el amor) del amo, dinámica que desde al perspectiva psicoanalítica es introducida por la cultura. Sin embargo es posible introducir dos diferencia entre uno y otro desarrollo conceptual, primero la posibilidad que se le reconoce al individuo de acceder a reconocerse en la posición de sujeto-de-un-otro-dominador, en Hegel se es consciente de esta dinámica, en Bourdieu no; y segundo, en el desarrollo hegeliano hay una lucha-por-el-reconocimiento, mientras que el desarrollo de Bourdieu un sometimiento-para-el-reconocimiento. En esta dinámica es importante identificar, tal como lo postula Foucault en “La microfísica del poder” y en “Los intelectuales y el poder”, el estatus de amo o de dominar es dado por el sujeto-oprimido, por el sujeto-esclavo, es decir que la existencia, el estatuto mismo, de amo-opresor no depende de él o su fuerza impuesta. Retornando a Hegel diría que la existencia del amo, entonces, está condenada por la existencia de un esclavo, y esta es justamente, desde una preceptiva psicoanalítica, el devenir de un límite a esta tipo de violencia y desde acá adquiere aun más sentido en esfuerzo de la Fundación Sobrevivientes y de Andrea Henry de hacer pública, visibilizar, el mal-estar de la mujer en cuanto al acoso callejero.

La violencia simbólica aparentemente es una relación de poder entre géneros (o más bien, a mi parecer, entre las múltiples representaciones de género). Evidentemente pareciera que la violencia simbólica corre con la suerte de ser la más efectiva entre las diferentes manifestaciones de la violencia humana. A pesar de no ser directa y no deja marca física, con el tiempo, se instala como violencia estructural porque se politiza. Llega a ser tan eficaz que los sujetos implicados en ella – dominador y dominado – la normalizan y la asumen como algo natural, la legitiman con su aceptación, no la cuestionan.

La teoría psicoanalítica propone que la violencia se encuentra en el lenguaje, en el universo simbólico, y es común, inherente, a los seres humanos. Somos introducidos en lo simbólico, a la cultura, de manera violenta porque se nos impone en el proceso de nuestra constitución como sujetos. Nuestro origen en el mundo está atravesado por la violencia de la palabra y de lo que un gran Otro hace bajo el precepto de nuestro propio bien. Nuestro propio origen está atravesado por la violencia simbólica, por la cultura.

Cuando el Dr. Freud habló del “narcisismo de las pequeñas diferencias” hacía referencia a que de esa, inicial y aparentemente inofensiva, inclinación agresiva, indispensable para hacer lazo social, puede resultar un odio aniquilador de lo más intenso. Desde esta perspectiva la violencia es precisamente humana, es un producto de las relaciones de poder que se establecen ante el hecho de ser cultura, de hacer sociedad. Es difícil encontrar referencias a actos de crueldad en un animal, como los que constatamos todos los días entre los seres humanos.

El hombre ante ello queda retenido por la ideal de sí mismo, atrapado en el hecho de su propio narcisismo, timando por las imágenes de la identificación y que le hacen ignorar lo que a él conciernen en cuanto a su propio inconsciente; él se asume como ese que dice ser. Siguiendo a Lacan diríamos que, es justamente allí donde, se hace necesaria una inscripción en cuanto a lo simbólico para que lo que lo movilice sea la consumación de su propio deseo más que la necesidad de rivalizar, competir e imponerse. Sin embargo aun introduciendo un deseo propio, algo hay de irreductible del narcisismo, del odio, de la agresividad y de la violencia.

La psicoanalista francesa Colette Soler, haciendo referencia al racimo, una manifestación de violencia simbólica a mi entender, dice: “me parece que definir el racismo simplemente como el rechazo de la diferencia no basta, el racismo de los discursos en acción no se reduce a un puro problema de identificación, sino que concierne a lo que en el discurso no es lenguaje: es decir al goce…”. Para los que no están familiarizados con el concepto lacaniano de goce, deben saber que está fuertemente vinculado al odio del que nos habla Freud, esa pasión irreductible e incurable en el inconsciente. Odio que es producido por una satisfacción primaria, permisivas, destructiva que puede llegar a estragar al propio sujeto sumergido en esa pasión.

El su texto “El malestar en la cultura” el Dr. Freud nos dice: “La verdad oculta tras de todo esto, que negaríamos de buen grado, es la de que el hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se lo atacara, sino por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad. Por consiguiente, el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo”, en este sentido podríamos decir que la violencia proveniente del odio y de la segregación precisamente localizará su objeto en lo más cercano, en lo próximo, en el otro semejante. Debemos aceptar entonces, que en una buena porción ese odio, esa agresividad, esta dirigía a hacia nosotros mismo desplazada en un otro semejante. Pareciera, pese a la crudeza con la que el Dr. Freud nos plantea la violencia del humano, que la violencia simbólica de Bourdieu se establece como dulce, invisible, que es ejercida con el consenso de los sujetos implicados, pero que en realidad pone un velo a la relación de poder que subyace a la relación que las configura.

En nuestra sociedad postmoderna las diferentes manifestaciones de violencia simbólica tienden a no ser identificadas como violencia y se sostienen más tiempo sin ser develadas, generando un malestar inconsciente; porque son manifestaciones que no se ven, de las que se dice no saber, que no se reconocen y no se presuponen.

Bourdieu reflexiona respecto a cómo naturalizamos e interiorizamos las relaciones de poder que se pone en juego en las construcciones socioculturales, convirtiéndolas en evidentes y dogmáticas, inclusive para aquellos sujetos que son sometidos en esta dialéctica. De allí surge en su teoría la violencia simbólica, que no sólo está socialmente constituida sino que también encuadra y define los bordes donde podremos opera y desde donde se nos será permitido percibir y pensar y es lo que desde muy pequeños nos empuja al machismo.

Finalmente diría que el reverso a ese irreductible, de la imposible erradicación de la violencia <simbólica>, es su regulación por los mismos sujetos. Paradójicamente, el único con capacidad de regularla es aquel quien, siguiendo a Hegel, ocupa el lugar de “esclavo” (lugar impuesto por la misma cultura).

Es importante puntualizar que este lugar de “esclavo” al cual apoyo en Hegel o esta “complicidad tácita” a la cual se refiere Bourdieu, no es necesariamente asumido de manera consentido por la mujer, sino que es un lugar al cual la cultura falocéntrica le relega, le empuja, le fuerza e incluso la castiga cuando intenta emanciparse de ella. Los post recibidos por Andrea dan fe de esto último.

Para terminar me parece que es justamente en este punto, de una manera simbólica y contundente, que las mujer deben ser las que alcen la vos, las portadoras de la re-vuelta de esta realidad y las que deben decir, que en el contexto actual, #NoSePuedeSerMujer y con ello movilizar un cambio; porque es precisamente la formar de irrumpir, desde su propina trinchera. Mi apoyo activo con la causa y con Andrea.

*Reelaboración de mi texto: “Goza!: violencia(s) simbólica(s) y corporalidad(es)” en el marco día internacional contra la violencia de genero (25 de noviembre).

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«Cuando a una persona se la reconoce, crece»

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Entrevista de: Ima Sanchís a Saturnino de la Torre, catedrático de Didáctica e Innovación Educativa en la UB. Publicado en el periódico La Vanguardia (Barcelona, ES).

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Foto tomada de: pixabay.com

Qué aprendió como maestro?

Lo importante que es el cariño, el trato, el generar confianza… Transmitir al alumno la idea de que crees en él.

¿En todos?

Todo alumno tiene al menos una capacidad que le hace sobresalir; debemos ayudarle a encontrarla, porque cuando a una persona se la reconoce, crece y se entrega al aprendizaje. La ciencia nos está demostrando que pensamiento y emoción están unidos, así nace un nuevo concepto…

Sentipensar.

No hay ninguna acción humana, dice el biólogo Maturana, sin una emoción que la establezca y la torne posible como acto. Tanto el pensar como el actuar ocurren en el espacio determinado por las emociones.

¿Y cómo se lleva a las aulas?

Siendo conscientes de que se aprende con todo el cerebro. Palabra, imagen, música, símbolos, se refuerzan unos a otros.

¿Eso significa que hay que relacionar la música con las matemáticas y la lengua?

Sí, se trabaja con proyectos integradores de varias disciplinas, se incorpora la vida en el aula.

¿Y qué conseguimos con eso?

Hasta ahora nuestra educación ha estado basada en contenidos empaquetados y el alumno se ha alimentado de este tipo de comida.

No suena muy bien.

Es necesario otro tipo de alimentación que les ayude a desarrollar competencias, conocimientos, habilidades, actitudes, valores… Estamos formando a la persona, al ser.

Cuénteme sus experiencias.

Hay jóvenes que han llegado al bachillerato sin sentir ningún tipo de emoción hacia el conocimiento, sencillamente porque hemos sacado la emoción de las aulas.

Puro trámite para el futuro.

Así es. Hay que cambiar la conciencia, en la educación hacen falta reformas de base, de visión, darnos cuenta de lo importante que son los valores, las relaciones. Mi función no es enseñar, sino hacer que el alumno aprenda.

Está claro que algo falla.

Hemos pasado por cuatro grandes etapas en la educación. En la era agrícola el fundamento de la educación eran las creencias. En el siglo XVIII vino la industrialización y con ella la instrucción, el conocimiento de la ciencia. En los años ochenta aparecen las telecomunicaciones y pasamos de los conocimientos a las competencias, del creer al tener: conocimientos, riqueza, poder…

¿Y ahora?

Estamos en el saber hacer, y debemos educar para ser. Simplificando mucho, educar es sacar las capacidades y la bondad que hay en las personas. En todo ser humano hay creatividad y hay bondad, ¿por qué no tratar de compartirla?

La creatividad es uno de sus temas.

Treinta y ocho años de investigación. En la infancia tenemos un gran potencial creativo que luego queda dormido y emerge, en el mejor de los casos, ante la necesidad, ante la adversidad. ¿No sería mejor incorporarlo como herramienta desde la infancia?

¿Cómo?

Eso es lo más fácil: hay que dejar hacer. El 95% de los alumnos son creativos y sólo lo son el 5% de los adultos, ¿Qué ha pasado?

¿Se ha perdido por el camino?

Sí, por los patrones cerrados de la educación y de la sociedad. El alumno tiene capacidad de crear ideas, de inventar, de vibrar, de emocionarse. Y la emoción es el patrón más importante para que la creatividad emerja.

¿Y para mantenerla a flote?

Favoreciendo su expresión y educándola de acuerdo a las edades: en la primera infancia se expresa a través de la fantasía; en la edad escolar, en la aventura y la incitación al descubrimiento; en la adolescencia, en los retos, y en la juventud, en la búsqueda de las innovaciones y la proyección social. Y se trabaja a través de proyectos integradores.

¿Y cuál es la esencia de esos proyectos?

El camino es crear las condiciones para que emerja la creatividad en ellos y aplaudirla. Si un alumno interviene con algo creativo hay que aplaudirle literalmente. La sensación que siente por ese reconocimiento de su profesor y compañeros es imborrable. Si reconoces una cosa pequeña, se multiplica.

Creatividades hay muchas. ¿Qué hay que aplaudir?

La creatividad debe llevar valor, salir de sí para que el otro se beneficie, y cuando los demás reciben eso y se emocionan, y sienten y les toca, la creatividad se contagia y se multiplica. Se trata de crear habilidades, actitudes, hábitos, competencias básicas.

Entiendo.

Hay que formar en la flexibilidad, que es uno de los valores importantes junto a la adaptación de la creatividad, quien los ha asumido no tendrá fracasos porque será capaz de mudar, de adaptarse a situaciones.

… Condición para la felicidad.

Se trata de crear un escenario más que un aula, de utilizar toda clase de recursos que tengan un componente emocional. Detrás de cada gran idea hay una emoción, una profunda pasión, un deseo, una necesidad de hacer y de comunicar.

¿No le pedimos demasiado a las aulas?

Cuando estoy enseñando matemáticas, con mi manera de hacer estoy transmitiendo unos valores implícitos. Cuando tomo conciencia de ellos y los hago explícitos toman un valor mayor: el del sentido.

 

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Salvados por el maestro!

Artículo de  Priscila Guillan en la revista digital  XL Semanal, que aborda el rol del docente como agente de cambio. Nos propone una acción docente que dé un espacio a la particularidad de niño y, desde allí junto a él, crear un método de aprendizaje del uno por uno. La labor docente en definitiva, pese a lo agotadora que puede ser, implica siempre una responsabilidad más allá de enseñanza de una materia.

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Dislexia, déficit de atención, problemas de aprendizaje… Muchos niños parecen destinados al fracaso escolar hasta que, un buen día, un profesor les cambia la vida. De pronto, alguien es capaz de verlos de otro modo y de sacar adelante su autoestima y sus talentos. Son ángeles de la guarda inolvidables que marcan vidas.

«Siempre digo que un maestro te puede salvar la vida».

José Ramón Gamo sabe bien de lo que habla. De niño sufrió un infierno en el colegio; nadie entendía -ni sus padres ni sus profesores- a qué se debían sus dificultades de aprendizaje. Hasta que cumplió los 15 años y… conoció a Ana, una profesora diferente, su ángel salvador.

Gamo es hoy, a sus 44 años, cofundador y director técnico del CADE, un centro dedicado a problemas del neurodesarrollo; problemas, precisamente, como los que él sufrió. «Muchas veces los profesores se escudan en que tienen 25 niños o más, que hay mucha diversidad en la clase, que no hay recursos… -reflexiona Gamo-. Pero el maestro que se compromete personalmente con sus alumnos hace cosas maravillosas». Y bien que lo sabe él.

«Doña Inés era una profe-dinosaurio de las de la letra con sangre entra recuerda. Cuando fallaba en lectura, me gritaba, me daba capones y me ponía en evidencia en clase». Gamo tenía seis años y estaba en primero de EGB. Sus padres no entendían sus dificultades; veían a un chico inteligente y lo asociaron todo a un bloqueo causado por la docente. Pero el problema persistió y Gamo pasó años suspendiendo. A los 15, finalmente, le diagnosticaron dislexia, un trastorno que afecta al 40 por ciento de los estudiantes españoles que fracasa en los estudios, el 23 por ciento de nuestro alumnado.

El hallazgo del problema, en todo caso, no puso fin a su infierno escolar, que persistió hasta que una agresión de otro profesor colmó el vaso y acabó marchándose a otro centro: el Instituto Camilo José Cela, en Pozuelo. «Allí empecé a florecer», cuenta. Ana, su salvadora, era profesora de Ética y Filosofía; se comprometía con los alumnos, los escuchaba, se interesaba por sus problemas personales y acabó marcando una diferencia en Gamo y en muchos de sus compañeros. «Evaluaba mi capacidad para razonar, argumentar, debatir; para exponer mis ideas -rememora-. Y en los exámenes jamás me penalizaba por mis faltas de ortografía».

Penalizar, un verbo más popular en nuestro sistema educativo que reconocer, es una clave del problema. Tanto que el pedagogo y filósofo José Antonio Marina, autor de La educación del talento, propone un nuevo epígrafe en la Convención de la ONU para la infancia: «Todo niño tiene derecho a experimentar el éxito merecido alguna vez». «Cuando hablo de eso -revela-, hay docentes que me preguntan: ‘¿Y si son torpes?’. Pues eso es cosa nuestra; con habilidad y sabiduría debes conseguir que cada chico diga: ‘He sido capaz’. Ahí ya ha mordido el anzuelo».

Así le ocurrió a Manolo, un alumno de Marina de cuarto de la ESO al que unas palabras amables le cambiaron la vida. «El muchacho no daba guerra, pero era la pasividad personificada -cuenta-. Un día lo llamé a mi despacho y le pregunté qué hacía los fines de semana. Se los pasaba viendo la tele, excepto un sábado al mes en que iba a una feria de pertrechos militares de la Segunda Guerra Mundial. Me dijo que le interesaba mucho -rememora Marina, en cuya cabeza se había encendido una bombilla. Le pidió entonces que le describiera las botas del Ejército alemán-. Me miró con cierta superioridad: ‘Bueno, me tendrá que decir de qué cuerpo, división y regimiento’. ‘¿No me digas que sabes todo eso?’, reaccioné. Y me contestó con un ‘sí, claro’». Marina lo invitó a dar una charla a sus compañeros sobre el tema y Manolo preguntó si podría llevar su colección de cascos. Fue su oportunidad de brillar.

¡Qué bien lo has hecho!

Ocho años después se reencontraron casualmente. Manolo estaba acabando Historia. «Me contó que fui el primero que no se burló de él por su afición -recuerda Marina-. Me dijo: ‘Todos me decían que era un imbécil y yo estaba convencido de serlo, pero usted me tomó en serio y empecé a pensar que quizá no fuera tan torpe como creía’». Para Marina, aquel exalumno es solo uno de muchos casos de niños que pasan años en la escuela sin escuchar un simple: «¡Qué bien lo has hecho!».

El quid de la cuestión, cree Helena Oyarzabal, pedagoga especializada en programación neurolingüística e intervención en dificultades de aprendizaje, está en las palabras. «Es increíble el cambio que pegan los niños. Te dicen: ‘Jo, ¡sí que puedo hacerlo! Pensaba que no podía…’ -ilustra-. Saber escucharlos, hablarles y ofrecerles estrategias de aprendizaje es fundamental para sacarlos de la espiral de presión y frustración en la que están metidos. Porque no son pocos los problemas emocionales y sociales asociados a las dificultades de aprendizaje».

Baja popularidad entre los compañeros, dificultad para hacer amigos y mantenerlos, incomprensión familiar… son situaciones cotidianas para estos niños. «Son rechazados y aislados, se burlan de ellos -analiza la pedagoga-. Y los padres no suelen ser tolerantes; al contrario, son muy exigentes, sobreprotectores, y acaban estudiando más ellos que los niños, lo que les genera mucha presión, porque ven que sus padres pasan cinco horas con ellos y siguen sin avanzar».

Son problemas que, según Oyarzabal, se inician en el aula. Los profesores asumen muchas veces que el niño no alcanzará los objetivos y lo dejan de lado. «Se les baja la exigencia como si no fueran capaces y la motivación decae -denuncia-. Si no les gusta y no consiguen hacerlo ‘bien’, acaban ansiosos y frustrados».

Frustrados, entre otras cosas, por no conseguir mostrar hoy lo que los adultos temen que no sea capaz de desarrollar en unos años. Sobre esta percepción diferente del tiempo ha reflexionado el escritor francés Daniel Pennac en Mal de escuela. Hablarle a un niño del porvenir es como pedirle que mida el infinito con un decímetro. Para los pequeños, escribe Pennac, el futuro cabe en los pocos días que se acercan. La expresión «llegar a ser algo» es paralizante, porque expresa la inquietud o reprobación de los adultos. Pennac, pésimo estudiante, escribe desde el punto de vista de los malos alumnos. Como no podía comprender ni lo que le enseñaban ni lo que se esperaba de él, puesto que se lo consideraba un incapaz, su actitud fue: «¿Para qué deslomarse si las más altas autoridades consideran que la suerte está echada?».

Con 14 años, sin embargo, encontró a su salvador. Pasmado ante su capacidad para inventar excusas para justificar lecciones no aprendidas y deberes sin hacer, el maestro lo exoneró de las redacciones y le encargó una novela, que Pennac debería redactar en un trimestre, a razón de un capítulo por semana. «Escribí con entusiasmo, corregía cada palabra con la ayuda del diccionario y entregaba los capítulos con la puntualidad de un folletinista profesional relata -en su libro-. Por primera vez; existía escolarmente para alguien».

Muchas veces, sin embargo, se confunde motivar con divertir, y no es lo mismo; no se trata de atraer por un rato el interés del alumno. «Tenemos tres palancas para la motivación -explica Marina-. La cuestión está en cómo usarlas, si una u otra o todas a un tiempo, según cada caso». La primera es que todo el mundo quiere pasarlo bien. «Para motivar, en este caso, hay que conectar con algo que aumente el bienestar: el clásico premio», ilustra el filósofo. La segunda: todos quieren ser reconocidos, elogiados, apreciados por los demás y mantener relaciones afectuosas. Y la tercera: todos quieren sentir que progresan, que son capaces, que no son insignificantes.

«Cuando quieres motivar a un niño, no hay que esperar a que se apasione por el tema, sino enlazarlo con alguno de los tres deseos: un premio, un reconocimiento o sentirse capaz», dice Marina. Según él, para aprender, el alumno debe tener ganas, porque es una tarea activa, que exige esfuerzo. El pedagogo, sin embargo, matiza: motivación sí, pero sin prescindir del concepto del ‘deber’. «Los psicólogos, al introducir la idea de que para hacer cualquier cosa hace falta estar motivado, nos metieron en un callejón sin salida. ¿Qué pasa si el alumno no está motivado? ¿No lo hace? -cuestiona-. Hemos insistido tanto en la motivación que parece que sin ella no se puede hacer nada. Es un disparate. Ojalá lo hiciéramos todo con ganas».

Es decir, los maestros deben tener claro su objetivo. «Nuestra profesión no es enseñar. Nuestra profesión es que aprendan. ¡Todos! enfatiza Marina. Esa es su grandeza. Somos expertos en aprendizaje. Saber la materia que enseñamos no basta. Debemos saber cómo conseguir que la aprendan». Una tarea de alta complejidad que, según él, exige a los profesores ser profesionales de élite, sobre todo en la enseñanza obligatoria. «En las aulas debería poner lo mismo que en los quirófanos: ‘aficionados, abstenerse’», sentencia.

ÁLVARO GARCÍA. Hoy es guía de montaña y barrancos. 26 años.

Roberto González, educador y coordinador de acción tutorial en 16 colegios Maristas de Valladolid, 43 años.

«Vale más un día con un buen profesor que cien días de aprendizaje»

Álvaro estaba en 4.º de la ESO cuando un profesor lo felicitó por primera vez en toda su vida escolar. Era Roberto, que recuerda bien a aquel alumno con trastorno por déficit de atención e hiperactividad al que le cambió la vida. «Yo confié en Álvaro y él, en mí», explica el maestro.«Muchos profesores me decían: ‘¡Si tú quisieras…!’. Y yo quería, pero no podía -comenta-. Entonces, me tocó Roberto y aprobé todo. ¡Y en junio! Él escribió en mi boletín: ‘Enhorabuena, Álvaro. Gracias por poner al servicio del colegio lo que sabes y tienes. Ha sido un placer tenerte como alumno’». Casi diez años después, al reencontrarse con su «profesor del cambio», así lo llama, Álvaro suelta un sentido: «Vale más un día con un buen profesor que cien días de aprendizaje». Es su propio homenaje a Roberto.

RAQUEL SERRANO. Hoy es gestora cultural. 44 años.

VICTORINO GARCÍA, 63 años, profesor de artes plásticas jubilado, se dedica a la fotografía artística.

«A los otros profesores les daba igual que no participara, solo les importaban los exámenes»

Hasta que Victorino se cruzó en su vida, a sus 15 años, Raquel se había considerado una alumna mediocre; así la hacían sentirse los profesores. «Me despreciaban. Trabajaba duro para intentar seguir el ritmo, pero me quedaba afuera. Me rompía cuando me decían que no era verdad que había estudiado -recuerda-. La ortografía es el caballo de batalla para un disléxico, la comprensión lectora es muy lenta e influye en todos los temarios, pero les daba igual si participaba en clase, solo les importaba la nota de los exámenes, de los que siempre salía llorando». La historia de Raquel emociona a su antiguo profesor de dibujo artístico y técnico, que no se acordaba de ella. «Me alegra haber puesto mi grano de arena -dice con modestia-. No me consideraba un profesor más allá de la media, pero me volcaba con los chicos, quería enseñarlos a mirar; les mostraba mis fotos, sus texturas, sus colores; les daba libertad total para expresarse… Siempre que no ofendieran a nadie, claro». En sus clases, en 3.º de BUP, tras su largo recorrido escolar de frustración, Serrano, por fin, se encontró a gusto. «Victorino jamás me etiquetó. Vio mi potencial, me dio seguridad, era mi ancla, sacó lo mejor de mí», cuenta Raquel, que hoy se dedica al arte, como gestora.Como a ella, Victorino también motivó a otros alumnos que acabaron en Bellas Artes y otros oficios relacionados con la imagen. «Mis fotos de paisajes, por ejemplo, tienen una relación geográfica-social, porque tuve un profesor que me hizo enamorarme de la geografía», recalca García.

LUIS ROJAS MARCOS Y DOÑA LOLINA

» Suspendía, me castigaban… decían que no valía para estudiar. Pero ella apostó por mí»

El psiquiatra Luis Rojas Marcos, antiguo presidente ejecutivo del Sistema de Sanidad y Hospitales Públicos de Nueva York y miembro del Consejo de Medicina de ese estado, cargó durante años con la etiqueta de mal alumno, suspendido y castigado muchas veces. Afortunadamente, ángeles, así las llama él, como doña Lolina la directora de su último colegio y su propia madre, vieron en él algo más… que sus dificultades.

P. Fue un niño con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) en tiempos en que no estaba identificado. ¿Cómo lo vivió en el colegio?

R. Recuerdo que, con 13 años, me sentaban en la última fila. Había un pupitre negro que se convirtió en mi pupitre, porque no obedecía, saltaba, cantaba… Ahora me río, pero entonces me preguntaba: «¿Qué me pasa?, ¿por qué no encajo?».

P. ¿Se sentía discriminado?

R. Incomprendido. El colegio era un lugar donde tenía problemas, suspendía y mi autoestima se ponía a prueba. Las clases eran una situación de opresión. No me permitían utilizar esta energía física que me hacía saltar, moverme. Estar sentado toda la clase era un martirio.

P. ¿El pupitre negro era uno de muchos castigos?

R. Sí. Me tiraron de las orejas literalmente, me pegaban, me ponían de rodillas, con los brazos en cruz, en una esquina por donde pasaban los estudiantes camino del comedor…

P. ¿Usted cómo reaccionaba?

R. Durante tres años salí en las cofradías en Semana Santa. Pensaba: «¡A ver si esto me ayuda!».

P. ¿Lo veían como un caso perdido?

R. Con 14 años me suspendieron todo menos las tres marías: Gimnasia, Religión y, en aquellos tiempos de Franco, Formación del Espíritu Nacional. Eso, mezclado con mi energía, hizo que los jesuitas les dijeran a mis padres que mejor aprendiera un oficio, porque estudiar no era lo mío.

P. ¿Sus padres les hicieron caso?

R. Me mandaron al sur de Francia para aprender francés, pero al volver a Sevilla insistieron. Pasé a un colegio laico, Santo Ángel, en la calle Fabiola, donde iban niños y adolescentes cateados.

P. ¿Cómo le fue?

R. Mi vida cambió. La directora, doña Lolina, una señora corpulenta que daba unos gritos que paralizaban, se fijó en mí.

P. ¿Qué hizo?

R. Me sentó en la primera fila. Además, inventó una palabra para lo que me pasaba. Nadie conocía el TDAH y ella lo llamaba furbuchi. Me dijo: «Luis, cuando te dé el furbuchi pides permiso al profesor, para salir unos minutos y desfogarte. Luego vuelves a clase». No era un procedimiento normal, pero tuve esta gran suerte.

P. ¿Volvió a verla?

R. Sí. Años después. Le pregunté qué había visto en mí y no supo decirme.

P. ¿Qué efectos tuvieron las medidas de doña Lolina?

R. Estar en primera fila y salir si lo necesitaba fue muy importante para canalizar poco a poco mi capacidad para enfocarme. Había entrado a un colegio donde no conocían mi mala fama y pude crear mi nueva identidad.

P. Deshacerse de las etiquetas que le habían puesto…

R. Desde luego. Cambiar de colegio es una solución en muchos casos, pero, en general, no es algo que contemplen los padres; ellos insisten en que su hijo lo va a superar. Se ve como un fracaso, pero le da al niño, aunque no siempre, la oportunidad de crear una nueva imagen. Los nuevos profesores pueden buscar una manera nueva de ayudarlo.

P. ¿Todo eso le hizo cambiar su percepción de sí mismo?

R. Sí. Con 16 años percibí que tenía mis dificultades, pero que podía encauzar mi energía de forma constructiva. Fueron momentos difíciles, pero tuve suerte de encontrar ángeles anónimos que vieron en mí algo que se podía rescatar. Como doña Lolina y como mi madre, que, años antes, me ayudó a que mi autoestima no se destruyera.

P. ¿De qué manera?

R. Me suspendían, decían que yo era un desastre, pero mi madre supo ver algo positivo en mí. Tuve la suerte de tener buen oído y ella se dio cuenta cuando tenía ocho años. Me motivó para que lo desarrollara apuntándome a clases de música. La música me salvó. Decían lo que decían de mí, pero tenía esta calidad redentora; me redimía. Tocaba el piano, la batería, la guitarra… Con 16 años formé un conjunto, tocaba por la radio de vez en cuando y aquello compensaba mi autoestima.

P. Hoy, a los 72 años, después de todas las dificultades, es un profesional de prestigio. ¿Cuál ha sido la clave?

R. La clave es encontrar, desde pequeños, personas que te acepten, que de alguna forma vean tu potencial y te ayuden a mantener tu autoestima razonablemente positiva y saludable. La autoestima es fundamental. Yo tuve esta suerte. En mi caso fueron personas que no eran de ninguna manera expertas en el tema. He hecho travesuras serias. Podía haberme metido en líos.

P. Es decir, que sin un salvador ¿no hay superación?

R. Hay tres caminos. El primero es el de la superación; los que lo superan con la ayuda de madrinas y padrinos que te van surgiendo a lo largo de tu vida, como me ha pasado a mí. Teniendo en cuenta a estos ángeles anónimos, como me gusta llamar a los que vieron algo bueno en mí, puede que el proceso llegue de una forma natural maduras y encauzas positivamente tu energía o puede que necesites tratamiento. El resultado es que la impulsividad y la distracción van disminuyendo.

P. ¿Y los otros dos caminos?

R. El segundo es la depresión; la autoestima dañada desde niños, sentirse inferiores, diferentes. La tasa de suicidio entre adultos con TDAH es superior al de la población en general. El tercero es la delincuencia. Hicimos estudios de violencia en los colegios y en las prisiones de Nueva York. En la cárcel municipal hay 10.000 presos y, entre ellos, la proporción es muy alta de jóvenes o adultos que de pequeños eran hiperactivos y su impulsividad y su exceso de energía los llevaron a cometer robos y peleas aquí y allí. Una vez que entras, es muy difícil salir.

¿Qué podemos hacer para hablar con los adolescentes y que no sea un monólogo?

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Artículo de José R. Ubieto publicado en el periódico la Vanguardia de Barcelona.

Separarse de la infancia es un proceso largo y complejo que conlleva alejarse de los padres y asumir el cuerpo.

El diálogo con los adolescentes debe fomentarse aunque los hijos tengan una actitud que parezca desinteresada.

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Imagen tomada del articulo original del diario digital Vanguardia de Barcelona.

La primera tarea de todo adolescente es separase del mundo infantil del que procede: dejar sus juguetes, sus hábitos y también “abandonar” parcialmente a sus padres, perderlos un poco de vista. Por eso cierran la puerta de su habitación –primer signo inequívoco del cambio- y se niegan a salir de paseo con los padres.

Ese distanciamiento, necesario para llegar a ser adultos, se nota también en su lenguaje. El nuestro se les vuelve antiguo, propio de “puretas”. Ahora toca inventar otro o copiarlo de los amigos, la pandilla o los artistas admirados. Un lenguaje provocativo, a ratos obsceno y desafiante. Un lenguaje que les suene a auténtico, que diga de verdad lo que les pasa, sobre todo las nuevas sensaciones que el cuerpo no cesa de transmitirles.

Los adultos imaginamos que su única tarea es hacerse responsables, seguir sus estudios y ocuparse de sus cosas, incluidas algunas tareas domesticas. Y esa es una tarea que les corresponde, sin duda, pero no la única ni siquiera, para ellos, la más importante. Tienen otra urgencia, otro amo que les exige más y mejor que los padres y los profesores: su cuerpo sexuado.

La doble salida del túnel

Como decía Freud, tienen que cavar una doble salida del túnel en el que se encuentran. La que les pedimos para tener un lugar en la sociedad comoadultos, autónomos y responsables y la que el cuerpo no cesa de exigirles para estar a la altura de esas nuevas sensaciones. Alcanzar, además de la identidad social, una “identidad” sexual, un saber hacer con ese cuerpo que, por resultarles extraño, les inquieta y les perturba.

Extraño porque no reconocen lo que sienten y tienen que manipularlo para hacerlo suyo. Para ello deben explorar territorios hasta entonces inéditos: la sexualidad, los consumos, los deportes de riesgo, la violencia entre iguales, las marcas corporales. De esta manera manipulan su cuerpo para domesticar esa especie de fiera interior que no los deja tranquilos.

Una inversión a largo plazo

Ellos van a lo suyo y parece que pueden prescindir de nosotros, no quieren que les rallemos (o rayemos) con nuestros consejos y nuestras historias pasadas. Conversar con ellos deviene una tarea titánica para que no se convierta en un monólogo.

La clave está en saber que, a pesar de eso que dicen, seguimos siendoimportantes para ellos. La educación es una inversión a medio y largo plazo. Hay consejos y opiniones que recibimos en la infancia y en la adolescencia que quedan archivadas y a veces pasa tiempo hasta que las usamos.

Hay consejos y opiniones que recibimos en la adolescencia que quedan archivadas y a veces pasa tiempo hasta que las usamos

Pero ese uso sólo será posible si un día fueron enunciadas por alguien al que le concedemos cierta autoridad. Si quedamos mudos cuando hay que intervenir, nuestra opinión no queda registrada. Y además resulta evidente, para ellos, que esa inhibición los deja un poco desamparados aunque su pose en ese momento sea la de ir “sobrados” y poder arreglárselas solos.

Conversar con ellos es darse el tiempo de escucharles, reconocer (aunque no lo comprendamos bien) que hay algo que les aprieta en su vida, un impasse sobre esa salida del túnel. A veces lo reconocemos más fácilmente porque nosotros también pasamos por allí y por eso es importante hablarles de cómo nos fue, de nuestros impasses y de nuestras “soluciones” más o menos logradas.

Sólo cuando hemos dado un tiempo y un lugar para acoger su malestar y nos hemos arriesgado testimoniando de nuestro propio tránsito adolescente, estaremos en condiciones de ejercer alguna autoridad.

Sólo cuando hemos dado un tiempo y un lugar para acoger su malestar y nos hemos arriesgado testimoniando de nuestro propio tránsito adolescente, estaremos en condiciones de ejercer alguna autoridad. Sólo entonces eso que les digamos podrá ser registrado como una referencia válida, aunque pase un tiempo antes de usarla. Y por supuesto nunca infantilizarlos ni asimilarnos como colegas. Siempre hay que dirigirse al adulto que llevan en ciernes, al que puede hablar y responder.

 

Estamos frente a una epidemia muy feroz de soledad infantil.

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Enrique Orchansky – Fuente: radiomaria.org.ar / Imagen: Manuel Velásquez – Archivo

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Hace algunos días celebramos el día del niño. Junto al Dr Enrique Orchansky, médico pediatra, reflexionamos en torno a las “nuevas infancias” y la necesidad de acompañar a los chicos en su crecimiento. “Nutrir no es sólo dar alimentos a un chicos”, indicó el doctor.

Cumplimos rituales formales, no está mal reflexionar sobre un día del niño, del padre o de la madre, en donde uno resume lo que siente por el otro y se lo dice. El problema es cuando nos quedamos en la forma, y la forma le va ganando al contenido, en donde sea más importante el envase de lo que va adentro. Eduardo Galeano lo decía, ha pasado a ser más importante el vestido de la novia que el amor por el cuál se casa.

Alejarnos de las formas y volver al fondo de la cuestión, supone celebrar un niño y no el día del niño, porque si hay algo que tenemos que celebrar en esta época es la niñez. Estamos adultizando tanto a los chicos desde tan temprano, en donde los chicos están ensayando cosas que ellos no saben, y por otro lado queremos que sigan haciendo lo que en realidad tienen que hacer que son dos tareas: jugar y aprender. Para ellos ambas tareas son lo mismo, juegan y aprenden. Basta ver un chico de jardín de infantes para ver que juega y aprende al mismo tiempo, y después entra a la primaria y empieza a jugar menos y empieza a aburrirse, y después llega al secundario y ya no sabe por qué está ahí.

¿Cuál es la función de los adultos respecto de los chicos? después de 35 años de estudios de pediatría, pedagogía, cursos y demás, para darse cuenta que en realidad todo estaba resumido en lo que decía mi abuela “se enseña con el ejemplo”. Y qué lastima haber estudiado tanto para volver a la misma síntesis que desde hace años funcionaba muy bien.

Hay cosas que no han cambiado, que siguen idénticas, y que no se modifican. Hacemos regalos para reemplazar nuestra presencia, pidiendo disculpas por no haber estado con ese niño. Así la vida transcurre y los chicos van recorriendo etapas como si fuera un recorrido pre-armado o un surco que tienen que caminar, y eso es muy desilusionante.Entonces estamos los que formamos una legión de gente, que no es poca, para hablar de lo que en verdad necesitan los chicos y para qué están delante nuestro. No están para cumplir nuestros sueños o deseos sino para que descubramos los deseos y sueños de ellos y los ayudemos a que los concreten.

Hay una confusión muy grande entre el apuro y lo urgente. Las generaciones actuales tienen una ventaja respecto de las anteriores, y haciendo foco en estos chicos que van terminando el secundario quieren mirar un nivel terciario, sea de estudio o trabajo, los chicos es como si tuvieran más posibilidades de probar. Pertenecen a una generación que van buscando trayectoria más que trayectoria. Nosotros desde hace años teníamos la promesa de que si trabajamos nos iba a ir bien. Los chicos de ahora no, quizás por algunos adultos que han promulgado demasiado que no hay futuro, que el trabajo no vale la pena, que el estudio no reditúa, etc

Necesitamos recuperar pasiones, mostrarle a los chicos que vale la pena vivir por cosas que nos emociona. Vale la pena de vez en cuando decir delante de los chicos “me encanta esta vida que tengo, doy gracias por ésto”“me encanta mi trabajo”“hoy ayudé a alguien”“estoy estudiando y aprender es para siempre, no para rendir una materia, porque el conocimiento me libera, y porque leer me transporta a un mundo que quizás nunca pueda acceder”. Esos mensajes esperanzadores están al alcance de cualquier persona. No hace falta comprarles la Play 4 con todos los artefactos para que sean felices. Hay que trasladarles el por qué para que cuando ellos armen sus propios proyecto no del “qué quiero hacer” sino del “quién quiero ser”.

El concepto de calidad de vida es distinto para los adultos que para los niños. En los adultos por lo general, pasa por lo material y el concepto es de “lo que tengo soy”. Es curioso repasar los resultados de la 1º encuesta mundial que se está haciendo sobre la percepción subjetiva de los chicos sobre qué es la calidad de vida, auspiciada por UNICEF. Contestan chicos de 8  a 14 años. Los chicos dicen que quieren que los padres griten menos y que acuerden más; que apaguen sus celulares, los padres; que abracen más… Que quieren tener menos horas encerrados en los colegios y tener más actividades para mover el cuerpo; quieren ver más gente contenta; no se quieren mudar.

La calidad de vida que nosotros estamos procurando para los chicos necesita de la opinión de los chicos también. Necesitan comer menos ravioles pero que se los de un familiar, comer con alguien. Alimentarse no es suficiente para llegar a estar sanos y fuertes; alimentarse es estar con alguien, compartir. La palabra comida tiene una raíz comú con comunidad, y la comida es la comunión que uno hace con un plato al medio. También los chicos mayores quieren mirar la cara de alguien y en lo posible la madre, el padre, una abuela, algún familiar con el cual sentirse en comunidad y sentirse a salvo. Eso es nutrirlos. Estamos frente a una epidemia muy feroz de soledad infantil.