Las grandes decisiones de la vida conviene delegarlas al inconsciente.

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Entrevista: Mariano Sigman por Samuel Pilar / Fuente: rtve.es/noticias

Comprender al ser humano es comprender cómo funciona su mente. Desentrañar los mecanismos de su cerebro, esa poderosísima herramienta donde se producen cada día trillones de conexiones neuronales. Es introducirse en ese espacio donde se alojan los pensamientos, los sueños, el amor, el odio, las decisiones… Allí donde se desarrolla la consciencia, y también donde de una manera tan sutil como poderosa se despliega la inconsciencia.

Portada del libro 'La vida secreta de la mente'.

Portada del libro ‘La vida secreta de la mente’

Mariano Sigman, uno de los neurocientíficos de mayor prestigio internacional, ha dedicado toda su vida a intentar descifrar los mecanismos que gobiernan el funcionamiento de nuestro cerebro. Es uno de los directores de Human Brain Project, el proyecto más importante para emular artificialmente el cerebro humano, con el que se muestra muy crítico.

En su último libro, La vida secreta de la mente, Sigman propone a los lectores un nuevo viaje al interior de sí mismos. Un ejercicio de minería intelectual para intentar acceder a lo más profundo del cerebro, allí donde tal vez resida el secreto de la esencia humana.
PREGUNTA: ¿Es posible desvelar la vida secreta de la mente?

RESPUESTA: Sí. Es posible conocer los secretos de la vida de la mente, aunque probablemente no podamos conocerlos todos. De hecho, todos indagamos en los secretos de la mente propia y ajena. Todos guardamos secretos para los otros y todos tratamos de descubrir los secretos que guardan para nosotros. De alguna manera, lo que he hecho es convertir esto en un oficio.

Mi trabajo es tratar de ver aquellas cosas de nosotros mismos que quedan escondidas, no solo hacia los otros sino hacia nosotros mismos. Hablo de cosas que nos definen, que nos constituyen, y que son el inconsciente. Hay muchas maneras de hacerlo. Algunas sencillas, como mirar los gestos, el tono, las palabras dichas, las palabras no dichas… Y otras más sofisticadas, como meterse dentro del cerebro y ver qué actividad cerebral se corresponde con qué estados mentales.

P: ¿Cómo podría influir en la vida cotidiana del ser humano el comprender los mecanismos de su cerebro?

R: En muchos sentidos. Para comprenderlo, yo siempre pongo la metáfora del entrenamiento físico, que hoy es mejor que hace un siglo. La gente corre mucho más rápido, salta más alto, lanza más lejos la jabalina… Y eso es porque hemos descubierto cosas del cuerpo. Hemos descubierto cómo tener una mejor nutrición, porque sabemos cómo el cuerpo procesa la energía, cómo la metaboliza… Sabemos cómo funciona el músculo, y por lo tanto podemos saber cómo entrenarlo, cómo no lastimarlo… De la misma manera, conocer el cerebro nos permite entender mejor cuáles son los límites de lo que podemos hacer y de lo que no podemos hacer, y cómo encontrar un camino para lograr de la manera más efectiva lo que nos proponemos.

Conocer el cerebro nos permite encontrar un camino para lograr de la manera más efectiva lo que nos proponemos.

P: ¿Algún ámbito en concreto?

R: En general, conocer el cerebro y conocer lo que el cerebro produce, que es el pensamiento, es una manera de entender cómo funcionamos, y así poder transformarnos mejor; aprender mejor. Esencialmente, en cada dominio; en el aprendizaje, en las decisiones, en el sueño… Si sabemos cómo el cerebro se duerme y cuál es el mecanismo por el cuál se duerme, podemos armar mejores maneras de dormirnos. Si entendemos cómo el cerebro se despierta podemos armar mejores despertadores… En cualquier faceta del cerebro, conocer su mecánica, cómo funciona, nos permite mejorarla.

P: En las decisiones siempre hay un componente racional y otro emocional ¿Hay alguna manera de saber distinguir en qué momentos debemos guiar nuestras decisiones por la razón y en qué otros por la emoción?

R: Lo importante es entender que las intuiciones y las corazonadas, lo que uno siente, es un proceso de deliberación bastante parecido a las decisiones racionales, solo que funcionan en el inconsciente. Y el inconsciente hace algunas cosas bastante bien y otras bastante mal. Es bastante bueno para manejar mucha información, cuando hay una sobrecarga que no la podemos tener en la conciencia (que es bastante limitada). El inconsciente tiene la capacidad de mirar muchas cosas al mismo tiempo, pero lo hace con menos precisión y resolución.

Entonces, si son decisiones que entran en la conciencia, porque son pequeñas, conviene calcularlas y hacerlas con la precisión de la conciencia. Pero las grandes decisiones de la vida conviene delegarlas al inconsciente.

La educación es lo que nos define como sociedad, y tiene un impacto social probablemente como ninguna otra experiencia humana.

P: ¿Cuáles son los principales retos que tiene por delante la neurociencia?

R: Para mí, el principal reto es pensar cómo todo lo que hemos aprendido del cerebro puede servir para mejorar la educación, que es uno de los problemas más urgentes en toda sociedad. La educación es lo que nos define como sociedad. Es algo por lo que pasan todos los jóvenes. Y me refiero tanto a la educación dentro del colegio como fuera de él. Y tiene un impacto social probablemente como ninguna otra experiencia humana. Y la neurociencia está directamente relacionada con eso, porque en el aula lo que se hace es transformar el cerebro, educar el cerebro.

P: ¿Hay algún mecanismo en la naturaleza que se pueda comparar por su potencial y complejidad al cerebro humano?

R: Sí. Quizá el cerebro de los delfines no sea mucho menos poderoso que el cerebro humano, por poner un ejemplo concreto. Tiene un potencial parecido, solo que los delfines viven en un medio en el cual ese potencial no resuena tanto con las habilidades que tiene. Nosotros tenemos el potencial para hacer herramientas y vivimos en un nicho en el cuál podemos desarrollarlas, porque hay materiales con los que podemos trabajar…

Para los delfines en el agua probablemente sea más difícil construir casas, ciudades, hacer herramientas, tecnología… Quizá también el lenguaje sea más fácil expresarlo en un medio como el aire, donde el sonido se propaga más fácilmente, que en el agua. La idea de que el cerebro humano es lo más importante y complejo de la naturaleza, este “cerebrocentrismo”, yo no la comparto.

P: Eres uno de los directores del proyecto internacional más importante para emular el funcionamiento del cerebro humano mediante supercomputación. ¿Cree que se logrará?

R: Es muy difícil saber hasta dónde va a llegar este proyecto. Emula el proyecto Genoma Humano, que fue un éxito. Pero yo pienso que es muy difícil que suceda lo mismo con Human Brain Project -proyecto Cerebro Humano, en español-.

Genoma Humano estaba claro dónde había que llegar, aunque era muy difícil hacerlo. El proyecto Cerebro Humano es mucho más ambiguo. Queremos replicar el cerebro humano pero no sabemos qué es aquello que queremos replicar. Tal y como está, yo creo que es casi seguro que va a fracasar, por lo menos en ese sentido.

P: En tu libro dedicas un capítulo a la conciencia, donde hablas de Freud… ¿Hasta qué punto estamos dominados por nuestro inconsciente? ¿Qué opinas del psicoanálisis?

R: Lo que planteo en mi libro es que el consciente es casi una ilusión. Estamos completamente dominados por nuestro inconsciente. No hay casi ninguna decisión que no empiece en el inconsciente. Después nosotros las reconocemos como conscientes si pensamos que son decisiones conscientes, pero esa decisión comenzó en algún lugar del inconsciente. Creo que todas las pulsiones humanas, las motivaciones, las razones por las cuales nos levantamos y vamos a trabajar son inconscientes, aunque después nosotros le atribuimos consciencia. Estamos gobernados por el inconsciente.

El consciente es casi una ilusión. Estamos completamente dominados por nuestro inconsciente.

Respecto a la relación con el psicoanálisis, la neurociencia es una disciplina que adolece de teoría. Tiene un montón de conocimiento enciclopédico, desagregado, pero no tiene un cuerpo teórico, a diferencia de la genética, la física, la química… A mí me gusta pensar que gente como Freud son los teóricos de la neurociencia. Yo considero a Freud como un punto de partida.

P: ¿Realmente el sexo es tan determinante en el inconsciente y en nuestro cerebro?

R: Desde el punto de vista de la neurociencia, el cerebro es una máquina que básicamente trata de producir dopamina. Dawkins tenía su idea del gen egoísta, como una máquina que trata de autorreplicarse. Yo creo que el cerebro es una máquina que hace lo que puede para conseguir dopamina. Busca sexo, chocolate, cocaína, muchos seguidores en Twitter… Sin duda que el sexo es una de las fuentes primarias para lograr dopamina, pero no creo que sea el centro de toda la psiquis humana.

P: ¿Por qué tiene la mente humana una tendencia tan fuerte hacia la fantasía y el mito, muchas veces por encima de la realidad?

R: Nuestro cerebro es una máquina de conjeturar. Está todo el tiempo estableciendo conjeturas y eso evolutivamente puede ser que tenga sentido porque es la virtud del ser humano, la capacidad de extraer reglas de datos muy escasos. Pero eso también hace que uno también cuando encuentra algo que es inexplicable, como las casualidades o la muerte, construya reglas para que expliquen esa regularidad que se nos escapa. Es al mismo tiempo la virtud y el karma del pensamiento humano.

Nunca dispondremos de píldoras de la felicidad.

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Por: Ana Gaitero – Fuente: diariodeleon.es / Foto: Manuel Velásquez  – Fuente: Archivo

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El gran negocio de las pastillas es una de las razones que explican la mitificación de los medicamentos como remedio para todas las dolencias anímicas. Pero lejos de disminuir, aumentan cuantas más y mejores fármacos hay. José María Álvarez advierte de que «la excesiva medicalización acaba por hacernos más débiles».

José María Álvarez es psicoanalista miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona y especialista en Psicología Clínica del Hospital Universitario Río Hortega de Valladolid, donde reside. Es autor de más de setenta publicaciones sobre psicopatología y psicoanálisis y de algunos libros, como La invención de las enfermedades mentales y Estudios sobre la psicosis.

Compagina la clínica en el servicio público de Salud Mental de Sacyl con la consulta privada. Es coordinador del Seminario del Campo Freudiano en Castilla y León y uno de los fundadores de la Otra psiquiatría , así como miembro del trío Alienistas del Pisuerga, desde el que han recuperado textos fundamentales de los clásicos de la psicopatología inéditos en castellano.

Hoy ofrece la conferencia titulada Las píldoras de la felicidad a partir de las 19.30 horas en el salón de actos de la Fundación Sierra Pambley de la capital. Será presentado por el psiquiatra del Caule y también psicoanalista Roberto Martínez de Benito.

—¿Algún día habrá esas pastillas de la felicidad?

—Por desgracia, no existen las pastillas para la felicidad. Por desgracia, además, nunca dispondremos de píldoras de la felicidad. La felicidad no es un estado, sino momentos, a menudo efímeros.

—¿Ni pastillas, ni felicidad?

—Aunque es una aspiración muy loable, la felicidad no está en el programa de los logros posibles del hombre. La condición humana y la felicidad describen trayectorias asintóticas. Por eso decía que, aunque mejoremos las pastillas, la felicidad se nos escapará como agua entre las manos.

—¿Estamos pasando de la mitificación de los fármacos como remedio para todos los trastornos anímicos a su maldición?

—Aún estamos lejos de maldecir los medicamentos. Hay mucho negocio en juego para que eso pueda darse. Creo que nadie en su sano juicio renegaría de los fármacos. Bien usados, son saludables. Mal usados, como su nombre indica, son veneno. Ahora bien, considerar, como se hace a menudo, que los psicofármacos son el único tratamiento en las dolencias anímicas, es un grave error. También es un grave error descartarlos. Creo que ese tipo de opiniones extremas las tienen quienes no bregan a diario con el sufrimiento humano.

—¿El uso de fármacos ha reducido los trastornos?

—Desde más de medio siglo se ha generalizado paulatinamente la creencia en los psicofármacos, a los que se considera el único o el principal remedio para las alteraciones psíquicas. A mi manera de ver, eso es falso. Es falso puesto que cuantos más y mejores medicamentos tenemos, el número de enfermos y enfermedades mentales se ha multiplicado. Y se ha multiplicado tanto, que hoy día es difícil encontrar a alguien a quien no colgarle un diagnóstico psicopatológico, es decir, alguien que no necesite tratamiento farmacológico o psicológico. Este hecho invita a pensar que hay algo turbio en todo este mundo de la salud mental.

—El exceso de confianza en los fármacos para remediar depresiones, ansiedad y trastornos similares ¿resta a la persona capacidad de respuesta para buscar su bienestar?

—Yo creo que sí. La excesiva «medicalización» y «psicologización» de las desgracias y sufrimientos acaba por hacernos más débiles. Cuando se protege demasiado a alguien se le convierte en un indefenso y en un pusilánime. Si un antiguo, un medieval o un renacentista se asomara a nuestro tiempo, le horrorizaría comprobar que para nosotros la tristeza es una enfermedad y que además la tratamos como tal.

—¿Estaban más acertados que en el siglo XXI? ¿Qué tipo de problemas presenta la gente que acude a las consultas?

—Con respecto a esto, los hombres que nos han precedido nos superaban. Freud mismo, cuando escribió hace ya un siglo su ensayo Duelo y melancolía, señalaba en las primeras páginas que a ningún médico se le ocurriría tratar a alguien que está sufriendo un duelo, porque eso es un dolor humano y él tendrá que espabilarse para irlo solucionando. Pues bien, una buena parte de las personas que nos visitan en los Servicios de Salud Mental vienen por ese tipo de dolores. De manera que, como decía, el paternalismo y la compasión aumentan nuestra debilidad, y nos convierten en marionetas de los que mueven los hilos económicos.

—¿Qué propuestas tiene el psicoanálisis frente a las pastillas y la felicidad?

—En líneas generales, el psicoanálisis va por un camino distinto al de la psicología y psiquiatría biomédicas. Los métodos terapéuticos que proponen estas últimos están destinados a cerrar los ojos y a fomentar el no querer saber nada sobre lo que nos hace sufrir. Pero, el hecho de que uno cierre los ojos no garantiza que nuestras dramas desaparezcan. El discurso de la psiquiatría y el de la psicología clínica oficial promocionan el no pensar y el no sentir demasiado, promocionan el cambiar los pensamientos por otros positivos, el tomar tal tratamiento para seguir adelante con la vida, el trabajo, el cuidado de los hijos, para aguantar al jefe o pagar las letras de la hipoteca. Esa es una opción, sin duda muy respetable.

—¿Y el psicoanálisis?

—Por el contrario, el psicoanálisis promueve la conquista de un saber acerca de nosotros mismos, de lo que nos hace sufrir y gozar, de lo que repetimos y no nos damos cuenta, de aquello con lo que nos engañamos y acaba pasándonos factura y haciéndonos más desgraciados, aunque le echemos la culpa a otro. La conquista, en definitiva, de un saber que sea liberador, aunque eso lleve tiempo, soledad y sufrimiento, y necesite cierta valentía.

—¿Cuáles son los malestares de nuestro tiempo y nuestra sociedad? ¿Lo sufren igual hombres o mujeres?

—Seguramente la depresión, la llamada depresión. Cuando hablo de depresión me refiero a las formas neuróticas o distímicas de depresión, no a las grandes depresiones o melancolía. En cierta medida, estas depresiones de andar por casa muestran el fracaso del deseo, es decir, el bajar los brazos ante las adversidades de la vida y el renunciar a solucionar los problemas que se nos plantean por el mero hecho de vivir. En este sentido, quien se deprime ha fracasado. Y para curarse tiene que volver a meterse en los problemas de la vida, recuperar las aspiraciones que tuvo o inventar otras nuevas, es decir, tiene que hacer de su insatisfacción el motor y no el obstáculo de la vida.

—¿Qué influencia tiene la sociedad en la que vivimos en estas formas de depresión?

—También la depresión supone, desde un punto de vista sociológico, un fracaso: un fracaso del modelo que se nos ha vendido como felicidad, es decir, tener muchas cosas para ser felices y descubrir que cuanto más tenemos más en falta estamos.

No es la primera vez que José María Álvarez viene a León. Ya lo hizo en otra ocasión para presentar en el hospital psiquiátrico Santa Isabel su libro Estudio sobre la psicosis. La mayoría de sus publicaciones combinan el psicoanálisis con la psicopatología clásica y se ocupan en especial de la locura y sus temas esenciales, como las alucinaciones, los polos de la psicosis y el delirio; también de los grandes maestros de psicosis, sobre todo Schreber, Aimée, Wagner y Joyce; y de los problemas tradicionales de la psicopatología, como la melancolía, la paranoia y la histeria. Sus intereses están prefijados desde su tesis doctoral sobre la paranoia, perspectiva desde la que ha analizado la subjetividad, la psicosis y la terapéutica de la locura.

Ansiolíticos: por qué se toman tanto (y deberían tomarse menos).

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Enric Berenguer / FUENTE: redpsicoanalitica.wordpress.com

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ILUSTRACIÓN: vicentebaos.blogspot.com 

Las personas, en todas las épocas y en todas las culturas, han tomado substancias que tienen efectos sobre cómo se sienten. Para “sentirse mejor” o en algunos casos experimentar sensaciones novedosas. Alcohol, café, tabaco, etcétera, demuestran lo que es una tendencia muy arraigada: conseguir por la vía rápida esos efectos actuando directamente sobre el cuerpo, en vez de conseguirlos tomando la vida como un conjunto.

No es un problema si se trata de divertirse o estar algo más despierto. Sí lo es cuando se convierte en un sistema de vida, basado en ignorar que los estados de ánimo son efectos de nuestra mayor o menor satisfacción vital, de causas más profundas para estar contento o tranquilo.

Así, cuando la medicina moderna descubrió drogas particularmente eficaces para regular ciertos estados de ánimo, por un lado consiguió una importante contribución al tratamiento de algunos trastornos, en los que esos estados resultan difíciles de controlar y afectan de un modo importante a la capacidad de la persona para hacerles frente, incluso para poder seguir con su vida y actividades. Pero, por otro lado, abrió toda una serie de posibilidades para el mal uso de esos remedios.

Alguna cuenta pendiente.

El problema de pastillas como los ansiolíticos es precisamente que son eficaces y consiguen, a menudo, eliminar las sensaciones desagradables que acompañan a la angustia. Y eso, que en principio está muy bien, tiene sus inconvenientes.

En primer lugar, porque, como dijo Freud, la angustia es una señal, y como tal nos indica que hay alguna cuenta pendiente con nosotros mismos, con una situación vital o decisiones que esperan. Como señal que es, debe ser escuchada y atendida. Ya sólo por este motivo, los ansiolíticos no deberían ser nunca tomados como la solución única y completa a un problema, sino como un apoyo para afrontarlo, recurriendo a quienes nos puedan ayudar a hacerlo consciente y entenderlo mejor.

En segundo lugar, porque acostumbrarse a combatir la angustia sólo con pastillas hace que los recursos propios de la persona para enfrentarse a ella se debiliten (de la misma forma que quien se habitúa a los somníferos acaba perdiendo la capacidad natural para dormirse). Y eso produce una gran dependencia psicológica, además de la física – que también existe y es por sí misma peligrosa.

Pero lo que por nuestra parte destacaremos es que, al abusar de esa muleta para ir por la existencia, la persona, sin darse cuenta, puede volverse cada vez más cobarde, renunciando ya de antemano a enfrentarse a los retos de la vida sin una ayuda química. Este es el otro motivo por el que los ansiolíticos nunca deben tomarse confundiéndolos con una panacea y sin contar con el apoyo de un tratamiento que ayude a desarrollar las propias formas de sobreponerse a la angustia, que es un sentimiento existencial aunque sus manifestaciones sean en buena parte corporales.

Hay que escuchar el mensaje que la angustia contiene, no acallarlo del todo.

Las necesidades afectivas de cada etapa

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Por: Irina Parfénova — Psicóloga  –  psicologiaparaninos.com

Con mucha frecuencia me encuentro con personas que por fuera parecen de 20, 30 o 40 años, pero en su interior son como si se hubieran quedado en su más tierna infancia, y se ve que aún añoran el amor que les hizo falta cuando eran pequeños.

Cada etapa tiene sus necesidades afectivas, es decir, la forma en que requerimos del cuidado y amor de los padres cambia año tras año.

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En la etapa temprana de la niñez se forma la confianza, por eso en esta etapa de la vida el amor se expresa con los cuidados de la madre y su atención a las necesidades del niño. Si durante esta fase el cariño de la madre es poco constante o ella rechaza a su hijo, puede causar en él desconfianza y temor excesivo por su bienestar.

En la vida adulta es difícil establecer contacto con este tipo de personas; cuando entablan una relación de pareja es común que sientan la necesidad de probar a la otra persona, sometiéndola a situaciones que la hagan demostrar su fidelidad. Cuando se trata de relaciones interpersonales especialmente cercanas pueden sentirse vulnerables e indefensos.

A los 2 o 3 años de edad, el niño aprende a ser autónomo y desarrolla el autocontrol. Si los padres dificultan el desarrollo de estas áreas, haciendo ellos lo que el niño puede hacer por sí mismo sin dificultad, por ejemplo, o bien, esperando que haga cosas que le serían imposibles, entonces se crea la sensación de vergüenza. Por otro lado, si los padres corrigen en exceso a su hijo sin tener en cuenta las necesidades reales y naturales de su edad, es de esperar que el niño tenga problemas para controlar el mundo que lo rodea, y controlarse a sí mismo.

Ya siendo adultos, en vez de ser seguros de sí mismos, este tipo de personas sienten que los demás los analizan detalladamente y los tratan con desconfianza y/o desaprobación. También es posible que presenten síntomas de trastornos obsesivo-compulsivos y delirios de persecución.

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A la edad de 3 a 6 años el amor se demuestra incentivando la independencia, apoyando la iniciativa, la curiosidad y la creatividad. Si los padres no permiten que el niño actúe de manera autónoma en esta fase, y responden con castigos desmesurados al comportamiento del pequeño, se desarrollará en él un sentimiento de culpa.

La vida adulta de una persona con este tipo de carencias se caracteriza por la falta de enfoque y resolución para trazarse metas reales y alcanzarlas. Además, el constante sentimiento de culpa puede ser la causa de pasividad, impotencia o frigidez, e incluso de un comportamiento psicopático.

En la edad escolar se desarrollan la diligencia y el amor al trabajo. Si en este periodo se duda de las capacidades del niño o de su estatus con relación a otros de la misma edad, eso puede quebrantar el deseo de seguir estudiando, y también puede dar paso al sentimiento de inferioridad que en el futuro acabará con su propia seguridad en su capacidad de ser un miembro activo y productivo de la sociedad.

Si los niños perciben los logros escolares y el trabajo como el único criterio que determina su éxito, en la vida adulta ellos seguramente se convertirán en la llamada “masa trabajadora”, en la jerarquía de roles de la sociedad establecida.

Propongo extenderle la mano a tu niño interior y ayudarlo a crecer. Para eso, busca una fotografía tuya de cuando eras pequeño, o sencillamente imagínate al niño que vive en ti. ¿Cuántos años tiene? ¿Cómo se ve? ¿En qué piensa? ¿Quién está a su lado? ¿Qué le preocupa?

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Habla con él

Toma una hoja de papel y dos lápices de colores diferentes, uno con la mano derecha y el otro con la izquierda. Si eres diestro, con tu mano derecha será tu “yo” adulto quien escriba, y con la izquierda será tu “yo” niño quien tome la palabra. Si eres zurdo, lo haces al contrario.

Ahora solo se trata de ti y de tu niño interior. ¿Quién hablará primero? ¿Cómo empezará la conversación? Las respuestas que obtendrás podrían ser inesperadas y sorprendentes.

Ahora, ya que encontraste a tu niño interior y estás hablando con él, es la hora de que entre los dos surja una relación: conversa con ese niño todo el tiempo que él quiera, Pregúntale qué le hace falta: dale lo que pida. Llámalo por su nombre (el tuyo), dile palabras dulces y amorosas, exprésale tu amor, recomiéndale algo. Sé para él el padre que necesitabas cuando tenías esa edad.

Jugar para aprender

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Por: www.abilitypath.org

Jugar es una actividad clave en el desarrollo de cualquier niño, pues no solo encuentra diversión en ella, sino una oportunidad de expresar sus emociones, de aprender a hacer estratégicas y respetar reglas, y de iniciar y fortalecer relaciones, entre muchas otras cosas. Por eso es que debemos reconocer la importancia de jugar para aprender.

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Photo by Elly Fairytale on Pexels.com

A los niños les gusta jugar porque es divertido, por supuesto, pero al participar en el juego los niños desarrollan un sinfín de aptitudes para la vida, aunque lo hagan sin darse cuenta. Ten presente que cuando tu niño juega, prácticamente a cualquier cosa, está desarrollando habilidades del lenguaje, sociales, coordinación física, madurez emocional y la capacidad de explorar. Por otro lado, para ti como papá es una gran oportunidad de observar su conducta mientras eres parte de sus actividades, lo que significa que puedes obtener información muy valiosa sobre los sentimientos, percepciones y forma de pensar de tu hijo.

Estas son algunas de las habilidades que tu hijo desarrolla al jugar:

De lenguaje
Mientras juegan, los niños de 0 a 3 años empiezan a balbucear y gesticular. Después, poco a poco, comienzan a usar palabras para comunicarse. Los niños entre 3 y 5 años de edad aprovechan el juego para utilizar las palabras que conocen y para aprender nuevas.

Para socializar
Jugando, los niños también incrementan su capacidad para la interacción, aprendiendo poco a poco a compartir, respetar reglas y turnos, colaborar con otros, manejar la frustración cuando pierden, al igual que el respeto cuando ganan.

Coordinación física
Cuando el niño practica un juego que requiere alguna actividad física, ejercita su coordinación. Esto se da cuando se ve en la necesidad de correr, saltar, balancearse, patear, etcétera.

Madurez emocional
El juego le da al niño la autoestima y confianza en sí mismo para desarrollar relaciones, entender conceptos y comprender el mundo que lo rodea, incluyendo su manera de enfrentar el triunfo y la derrota.

Habilidades exploratorias
Mientras juegan, los niños van desarrollando su capacidad de explorar a través de sus sentidos y de su razonamiento: investigan, analizan, examinan, deducen, organizan, etcétera.

‘Gaslighting’, la tortura mental favorita de las parejas

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 / Ilustración: Evelyn Bencicova / Fuente: playgroundmag.net

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Paula, cantante de ópera, conoce a un apuesto pianista, Gregory. Se enamoran y se casan. Él la convence para ir a vivir a una casa deshabitada en Londres.

Una vez la pareja se muda, extraños sucesos comienzan a ocurrir: la luz de las lámparas titila hasta apagarse de forma aparentemente aleatoria. Paula trata de averiguar qué causa esas idas y venidas sin éxito. Empieza a ponerse nerviosa.

No tiene ningún motivo para imaginar que el responsable de esos pequeños cambios misteriosos es su marido Gregory, que trata de convencer a Paula de que se está volviendo loca.

A grandes rasgos, esta es la sinopsis de la película Gaslight, dirigida por George Cukor en 1944 y protagonizada por Charles Boyer e Ingrid Bergman. El film sirvió para bautizó popularmente un tipo de tortura psicológica sutil que se lleva a cabo en entornos familiares, conocidos, y habitualmente en la pareja. 

Es el maltrato psicológico conocido como gaslighting, o luz de gas, que consiste en generar en el otro la duda sobre sus propios sentidos, su razonamiento y hasta de sus actos.

Un ejemplo cinematográfico más reciente sería el de Amelie Poulain,cuando se venga del cruel frutero de su barrio cambiando algunos detalles de su casa.

 Volvamos a la película de Cukor. Cuando Paula le dice a su marido que las luces de las lámparas varían de intensidad de forma aleatoria, él le contesta que no puede ser, que está equivocada.

Así, Paula se desequilibra poco a poco, empieza a dudar de sí misma. Y esa es la clave de este tipo de tortura psicológica tan común: hacer que el otro caiga, se desestabilice, cambie una opinión que no nos gusta o cese en su intento a través de pequeñas, diminutas intervenciones cotidianas.

Por ejemplo: el abusador/a se enfada o actúa de forma agresiva, y cuando la pareja responde, niega de forma rotunda haber utilizado ese tono. Ahora habla de forma apacible para desesperación del otro. El abusador/a puede acusar a la víctima de interpretar de forma distorsionada todo lo que dice, de estar irascible o hipersensible.

Gran parte del éxito del gaslighting es que es muy sutil. Tanto que a veces podemos practicarlo casi sin darnos cuenta.

Se puede hacer creer a otra persona que no está cuerda, que está confusa o su percepción está sufiriendo cambios con comentarios muy poco importantes, con miradas y gestos casi imperceptibles.

Otra de sus fortalezas es que la infligen personas cercanas o muy queridas, en las que confiamos y a quienes amamos. Es decir, nos pilla desprevenidos y con la guardia baja. 

Otras veces quien hace gaslighting es la misma sociedad, a consecuencia de los prejuicios e ideas preconcebidas.

Así ocurrió, por ejemplo, con algunas pacientes jóvenes de Sigmund Freud, quienes le relataron los abusos sexuales que habían sufrido. Las experiencias parecían tan insostenibles para la época que fueron tachadas de fantasías. Las pacientes, por tanto, se lo habían tenido que imaginar. 

Hoy sabemos que hacer luz de gas a alguien es una de las formas más efectivas de abuso emocional.

Aunque cueste aceptarlo, se lleva a cabo sobre todo intencionadamente. Y es que las actitudes narcisistas, controladoras, intimidatorias o directamente sociópatas no se dan solamente en personas claramente desequilibradas a ojos de la sociedad, sino que forman parte del día a día.

Es ahora cuando muchas reflexiones, testimonios y nuevos estudios sobre el gaslighting están empezando a hablar de las consecuencias que puede tener en las personas que lo sufren, como la destrucción de la autoestima y la confianza.

La víctima se vuelve incapaz de funcionar de manera independiente, se vuelve insegura y deja de confiar en su juicio, intuición y hasta valía. Sólo a través de los demás (sobre todo de su abusador o abusadora) son capaces de verse reforzados.

Ahora veamos cuántas luces titilan, o lo hicieron en su momento, en nuestros nidos de amor.


Fuente: http://www.playgroundmag.net/noticias/historias/Gaslighting-tortura-psicologica-comun-pareja_0_1661833803.html

Blog: entre-dichos.net
Lcdo. Manuel A. Velásquez-Alvarado, Clínica Psicoanalítica y Psicología Clínica
Tel. (502) 2369-8068 • mvelasquez@entre-dichos.net •
• WhatsApp: (502) 3304-1686 •

2-4 años: ¿cómo actúo ante sus rabietas?

Por: Silvia Cándano. Asesora: Sonia Gallardo, profesora de Educación Infantil.

Entre los 2 y los 4 años casi todos (por no decir todos) los niños tienen rabietas. ¿A qué se deben y cómo podemos aprovecharlas para educar a nuestro hijo?

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La primera adolescencia

Salvo raras excepciones, todos los niños pasan por una etapa más o menos larga de rabietas y tozudez en la que resulta muy difícil entenderse con ellos.

Tanto es así, que muchos psicólogos se refieren a ella como “la primera adolescencia”.

Este periodo se presenta entre los 2 y los 4 años y se caracteriza porque el pequeño, ante el menor contratiempo, empieza a llorar, gritar y patalear.

Sus ataques desproporcionados de rabia pueden prolongarse durante media hora y repetirse un par de veces al día, lo que hace que los padres acaben agotados y desmoralizados.

¿Sabes de qué hablamos? Para mejorar la convivencia diaria con tu pequeño, tan importante es que conozcas los motivos que le llevan a comportarse así, como las maneras más acertadas de afrontarlos.


Fuente: http://www.crecerfeliz.es/Ninos/Desarrollo-y-aprendizaje/Como-actuar-ante-las-rabietas-de-tu-hijo
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Ajedrez: aliado en el desarrollo de la inteligencia emocional

Por: psicologiaparaninos.com

27 junio, 2015

Jugar ajedrez es una actividad que favorece el desarrollo de varias habilidades mentales y, en el caso de niños y adolescentes, resulta muy útil para mejorar sus procesos de aprendizaje. Entre otras cosas, la práctica del ajedrez contribuye a mejorar las facultades espaciales, numéricas y organizativas, así como la capacidad de planear tareas y de tomar decisiones.

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También ayuda a mejorar la concentración, la memoria, el pensamiento analítico y el afán de superación. Por todo ello, el ajedrez es considerado un muy buen instrumento pedagógico. De ahí que en 1995 la UNESCO haya recomendado incorporar el ajedrez a los planes de estudio a nivel primaria y secundaria.

Por si fuera poco, el ajedrez también resulta ser un gran aliado en el desarrollo de la inteligencia emocional del niño y del adolescente, pues fomenta valores como la sociabilidad, la tolerancia a la frustración, el autocontrol, la capacidad de saber perder y aceptar contratiempos. Todas estas virtudes ayudarán a que el niño vaya formando una sana inteligencia emocional, algo que, a mediano y largo plazo, terminará siendo fundamental en su vida. Otros beneficios psicológicos de este juego, que es considerado un deporte, son el aumento de la creatividad, de la empatía y la autoestima.


Fuente: http://www.psicologiaparaninos.com/ajedrez-aliado-en-el-desarrollo-de-la-inteligencia-emocional/
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El mundo de colores

Por: psicologiaparaninos.com

2 noviembre, 2015

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Dibujar, pintar, colorear… actividades sencillas, con las que los niños suelen divertirse, por lo que son habituales tanto en casa como en la escuela. Sin embargo, ¿conoces todos los beneficios que pueden generar estos pasatiempos en el desarrollo de tu hijo?

¿Sabías, por ejemplo, que pintar con los dedos estimula la integración sensorial de nuestros pequeños? Puede parecer increíble pero el simple hecho de sentir ese líquido espeso en sus manos, incluso en sus pies, genera una enorme cantidad de conexiones cerebrales.

Por otro lado, la oportunidad de expresarse por medio de garabatos, que a simple vista puede parecer que no tienen ningún sentido, les ayuda a explotar su capacidad creativa.

Otro aspecto a destacar con respecto al uso de crayolas, lápices, pinceles y colores, es que contribuye a mejorar la psicomotricidad fina, pues exige el movimiento de pinza fina manual, que es considerado base de la evolución humana. En los niños pequeños, estas actividades ayudan a adquirir poco a poco el movimiento, mientras que en los más grandes favorece la precisión, lo que en un futuro influirá positivamente en la calidad de su escritura.

Pero eso no es todo. Dibujar, aparte de estimular la capacidad creativa, tiene una función relajante –incluso podríamos decir que terapéutica– que contrarresta de buena manera problemas de ansiedad, miedos y temores.

Antes que nada, dibujar, pintar y colorear son actividades que resultan divertidas para cualquier niño, por lo que son también un gran pretexto para vincularte con tu hijo y mejorar la conexión que tienes con él. Finalmente, procura poner atención a lo que exprese con sus figuras, trazos y colores, ya que, a través de sus dibujos, un niño exterioriza su mundo interior.

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“Vivimos en la sociedad de la inmediatez y transmitimos esto a nuestros niños” Entrevista a Joseph Knobel Freud

Por: Francisco López / Ilustración y fuente: creciendoconeco.wordpress.com

Entrevista a Joseph Knobel Freud para el proyecto Creciendo con Eco. J. Knobel Freud es Psicólogo Clínico, Psicoterapeuta y Psicoanalista, especialista en el tratamiento de la infancia y la adolescencia. Pueden consultar su currícululum en su propia página web. Nuestro entrevistado es, además, sobrino nieto de Sigmund Freud, aunque él mismo ha afirmado que es consciente de que ser familiar del padre del psicoanálisis no le hace ser mejor en su trabajo.

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¿Joseph, cómo cree usted que se escucha a los niños de hoy?

No se los escucha o se los escucha poco y mal. Lamentablemente es así: se los escucha con muchos prejuicios. Hay prejuicios sobre lo que el niño va a decir y, por lo tanto, siempre que escuchas con prejuicios no escuchas.

Los niños nos hablan jugando, nos hablan con su juego, con sus fantasías, con sus cuentos… Así que a los niños de hoy se les debería escuchar con las orejas bien abiertas, con los ojos bien abiertos y con muchas ganas de sorprendernos y de aprender de ellos.

¿Cómo cree usted que debiera ser escuchado un niño para crecer sanamente?

Un niño debería ser escuchado como todo ser humano, es decir: con todos nuestros sentidos. Porque en parte tiene la ventaja de que el niño no solo habla con palabras, el niño tiene también un lenguaje gestual, tiene un lenguaje corporal y además tiene un hermoso lenguaje lúdico: los niños nos hablan jugando, nos hablan con su juego, con sus fantasías, con sus cuentos… Así que a los niños de hoy se les debería escuchar con las orejas bien abiertas, con los ojos bien abiertos y con muchas ganas de sorprendernos y de aprender de ellos. Así se tendrían que poder escuchar las personas entre sí, pero a los niños mucho más porque ellos tienen toda la frescura que los adultos vamos perdiendo por diferentes causas. Hay que enfrentar mucho el lenguaje de los niños, los niños tienen muchas lenguas, no solamente hablan, insisto: dibujan, juegan, bailan… y todo eso es su discurso.

¿Quiere decir que frecuentemente la palabra no es el medio de comunicarse del niño?

Eso es. Yo he tratado a niños que no podían hablar por distintos motivos, pero que han podido comunicarme muchas cosas con sus dibujos o con sus juegos.

¿Las travesuras también forman parte de esa comunicación?

Ellos también hablan con sus conductas.

¿Se comunican de manera muy distinta a como lo hacemos los adultos?

Tal cual.

Si usted me está preguntando por la relación niño/adulto entonces tengo que decir que las nuevas tecnologías han tapado, han obturado, han suplantado la posibilidad de comunicarse. El niño atrapado en el mundo de las pantallas no es un niño que se comunique.

¿Qué influencia cree que ha tenido el desarrollo de las nuevas tecnologías en la comunicación entre niños y adultos?

En la comunicación entre niños y adultos la influencia ha sido nefasta porque, o papá o mamá se queda o quedan mirando el móvil o el niño se queda jugando con aparatos tecnológicos. El niño atrapado en el mundo de las pantallas no es un niño que se comunique.  Es un niño que a lo mejor está jugando y está bien que juegue un rato, hay distintas formas de jugar y no seré yo quien me cargue las nuevas formas de comunicación. Hay juegos por internet que pueden ser muy útiles para los niños, sin embargo, si usted me está preguntando por la relación niño/adulto entonces tengo que decir que las nuevas tecnologías han tapado, han obturado, han suplantado la posibilidad de comunicarse. Yo tengo padres de pacientes que me han dicho: “he ido a buscar el iphone para que el niño pueda esperar la paella”. ¿Qué significa eso? ¿Qué para que los niños esperen los treinta minutos que tarda en estar preparada la paella en el restaurante de la playa tiene que tener un iphone? Al principio le pregunté “¿Usted tenía que recibir llamadas importantes de su trabajo?”, me respondió “No, es que tengo muchos juegos bajados para que el niño sepa esperar”. Se olvidaron de comunicarse. Yo cuando tengo que comunicarme con un niño y tengo que esperar en la sala de un médico o en mi coche o esperando un arroz, juego. Juego a juegos verbales, juego al “veo veo”, a decir palabras que empiecen por una letra… ¡hay un montón de juegos que podemos hacer con los niños! Si el papá lo que va a hacer es ir a buscar el iphone porque ahí tiene un montón de juegos para que el niño pase el tiempo, ese niño no está aprendiendo a esperar y, por supuesto, tampoco está comunicando nada. En tal caso, prefiero que el niño pregunte “¡¿Y cuándo viene el arroz?! ¡¿Cuándo viene?!” Mejor eso que callado porque está hipnotizado matando marcianitos o juntando colores en fila o juntando champiñones… No está hablando, no se está comunicando.

Esto que comenta, también dificulta la comunicación entre adultos…

Sí, tal cual. Yo creo y veo bueno que si una familia se va a reunir, o unos amigos, dejen sus teléfonos móviles en la entrada y apagados, que no va a pasar nada, ¡yo crecí en un mundo sin móviles y no he muerto!

Vivimos en la sociedad de la inmediatez, lo queremos todo inmediato y transmitimos esto a nuestros niños de manera que, no solo no saben esperar, sino que lo quieren todo ya.

Hoy en día vivimos bombardeados con mensajes: grupos de whatsapp, emails, facebook, twitter… Casi no da tiempo a seguir el flujo de información. Lo que quiero decir es que hay un estrés digital, ¿qué piensa usted?

Esto tiene que ver con lo que digo en algún artículo mío: vivimos en la sociedad de la inmediatez, lo queremos todo inmediato y transmitimos esto a nuestros niños de manera que, no solo no saben esperar, sino que lo quieren todo ya. Es tan inmediata la sociedad de la inmediatez, valga la redundancia, que si ocurre una noticia ahora en Kabul, yo me tengo que enterar en un minuto. La competencia entre los medios de comunicación se basa en quién lo va a sacar primero en su página web. Ya no puedo esperar a leerlo en el periódico de mañana, tengo que entrar a la web de mi periódico preferido ahora para ver la noticia al minuto. Esto se transmite a los niños: un grupo de chicos de diez años ha quedado y resulta que tengo que saberlo ya. Que un chico tenga mensajes en un ipad o un ordenador a los diez años me parece terrible, es más, prohibiría el uso de estos aparatos hasta los catorce años. No le va a gustar mi idea a ninguna empresa de telefonía, pero… Muchas madres y padres me dicen “pero se lo doy solo para poder tener un control sobre lo que hace”, y yo digo “no controle tanto a su hijo, confíe más en él”. Tenemos que confiar en los niños. Si le damos un aparato no estamos confiando en ellos. Volviendo a la comunicación, fíjese en el ejemplo: en mi propia consulta, viene un niño de once años, vive a diez calles de mi consulta, le digo “usted puede venir solo”. Él responde “¿cómo hago?”. La madre interviene entonces “no te preocupes, yo te presto mi móvil y tú lo miras en Google Maps”. Respondo “No señora, déjelo, el niño puede salir a la calle y preguntar “¿esta calle dónde está?””. Y puede hablar, puede preguntar a otro adulto. Los adultos y los niños deberían comunicarse. Cuando yo era pequeño, si no encontraba la panadería preguntaba en la calle “¿la panadería dónde está?”. Todo eso se está perdiendo por culpa de la tecnología. Es mucho mejor que un niño pueda preguntar “¿Dónde está el metro?” a que use Google Maps . Y es mucho mejor que los adultos también lo hagamos. Hoy por hoy hay adultos que dicen “¡qué buena esta aplicación! Aprieto aquí y ya salen los mejores restaurantes japoneses que hay en mi barrio”. ¿Por qué no le preguntan a la gente por la calle?, “¿Oiga, dónde está el mejor japonés del barrio?”. Estamos cargándonos la comunicación entre adultos y obviamente entre niños.

¿Cree que los padres son conscientes de la importancia que tiene escuchar a sus hijos para que crezcan psicológicamente sanos?

Lamentablemente no creo que sean conscientes. En la actualidad no existe exactamente la idea de que es sano comunicarse con los hijos, no está interiorizada. Lamentablemente es así… No creo que haya conciencia de la importancia de la comunicación.

La televisión es una pantalla que da una información y que nos transforma en sujetos pasivos, por lo tanto, una familia que encienda la tele para comer no es una familia que esté prestándole importancia a la comunicación entre ellos.

¿Por qué lo piensa?

Porque los padres cada vez se comunican menos. Se ocupan de ver si los niños tienen deberes. Muchísimos colegios además ahora pasan los deberes por ordenador. Yo creo que los padres no se comunican con sus hijos, es lamentable, pero es así. Me encuentro cuando pregunto a padres: “bueno, ¿cómo duerme su hijo?” y muchos me responden: “le pongo la Tablet, en ella ve unos dibujos hasta que se duerme”. ¡¿Por qué no le lee un cuento?! No creo que haya suficiente conciencia de comunicación. Esto está en mi libro “El Reto de ser Padres”: muchos padres dan de comer a sus hijos desde muy bebés con la tele encendida con dibujos animados para que se distraigan. En muchísimos hogares de este país y de este continente se come con la tele encendida. La televisión es una pantalla que da una información y que nos transforma en sujetos pasivos, por lo tanto, una familia que encienda la tele para comer no es una familia que esté prestándole importancia a la comunicación entre ellos. Por eso lo pienso.

La televisión es el canguro de los niños de hoy y aparece en las familias españolas: siempre está encendida e invitada a comer.

Esto que dice es bastante habitual…

Sí, sí, la televisión es el canguro de los niños de hoy y aparece en las familias españolas: siempre está encendida e invitada a comer.  Si la familia enciende la tele para comer, aparte de que está mostrando los muertos en Irak a los hijos, que francamente no creo que sea algo sano para un niño y menos mientras come, sobre todo, no está permitiendo hablar.

Incluso hay padres que están más pendientes de lo que dice la televisión que de lo que dicen sus hijos…

Sí, y hay algunos padres que se creen que son más “pro niños” porque sacrifican su telediario para ver Disney Chanel, ¡oooh! O ponen Bob Esponja, ese odioso personaje… ¡en vez de escuchar a los niños y que hablen los niños, ahora hablan las esponjas! Las empresas de dibujos animados poco han hecho para que la voz esté en las personas. Últimamente, en los últimos años, Pixar y Disney se dieron cuenta de esto y la mayoría de los personajes son personas, pero antes eran animales. Pero en resumen: si le pones dibujos al niño en la comida, tampoco te estás comunicando.

Soy de los que piensan que cualquier medicación, sobre todo psiquiátrica, es negativa para un niño a lo largo de todo su desarrollo. Los niños “a”-“dictos”, por culpa de los psiquiatras y los neuropediatras que dan medicación, son niños que no pueden hablar de lo que les ocurre.

¿Cree que la medicación psiquiátrica como única respuesta al sufrimiento infantil tal como lo vemos en la sociedad actual puede influir en la constitución del psiquismo infantil y en el adulto del mañana que de él surja?

Sí, totalmente. Creo que puede influir muy negativamente. Hace treinta y tres años que trabajo como psicoanalista de niños y jamás he necesitado una pastilla para calmar a un niño. Soy de los que piensan que cualquier medicación, sobre todo psiquiátrica, es negativa para un niño a lo largo de todo su desarrollo. Sobre todo porque estamos provocando un efecto parecido al consumo de drogas. Estamos logrando que una droga produzca una alteración psicológica o una alteración de la conducta del niño. Ni física ni psicológicamente, por los efectos que tiene, me parece sano, aparte de todos los efectos secundarios que la medicación tiene y que generalmente son nefastos y nunca se cuentan. Nadie cuenta que hay un elevadísimo número de niños que están tomando metilfenidato (la anfetamina que se da para el famoso TDAH). Nadie cuenta que tiene como efecto secundario crisis depresiva en la adolescencia e incluso intentos de suicidio, por ejemplo, o que puede provocar psicosis y que por supuesto tiene un elevadísimo índice de dependencia: es muy difícil de dejar. Toda medicación además tiene como efecto el hecho de que uno se vuelve drogadicto, adicto a esa medicación, ¿y sabe lo que quiere decir adicto? “A”- “dicto”, es decir “lo no”- “dicho”. Todo lo que no se puede decir. A usted que le interesa hablar de lo dicho, del hablar, el “a”-”dicto” en latín quiere decir “no dicho”. Justamente las personas que no pueden decir, se vuelven “a”-”dictas”. Los niños “a”-“dictos”, por culpa de los psiquiatras y los neuropediatras que dan medicación, son niños que no pueden hablar de lo que les ocurre.  Sin embargo, cuando los psicoterapeutas y especialistas en niños les damos la oportunidad de hablar de lo que les pasa, los niños se curan.

Como tenemos que estar ya a tope y en forma, la sociedad de la inmediatez nos dice: “tómate un paracetamol o un ibuprofeno y ponte en marcha”.

¿Por qué cree entonces que está tan de moda la medicalización de la infancia?

Le recuerdo lo de la sociedad de la inmediatez. Se lo recuerdo porque usted y yo, inconscientemente, seguramente también caemos en esa inmediatez. Si nos duele la cabeza, es mucho más probable que pensemos que tenemos que tomar una aspirina a ponernos a pensar por qué nos duele.  A pensar “bueno, voy a descansar del ordenador, voy a ponerme a estirar un rato, voy a hacer yoga o meditación”. Como tenemos que estar ya a tope y en forma, la sociedad de la inmediatez nos dice: “tómate un paracetamol o un ibuprofeno y ponte en marcha”. Con el niño que le duele la tripa o la cabeza, es mucho más fácil encontrarnos con la mamá que dice “¿Te doy el Dalsy?”. Hay más mamás que dan Dalsy para bajar la fiebre que las que ponen una bañera con agua templada. Esto es hablando de medicación no psiquiátrica. Ahora, si hablamos de medicación psiquiátrica, el tema es nefasto. ¿Por qué creo esto aparte de la sociedad de la inmediatez? Tendría que apelar a una respuesta política: la industria farmacéutica después de la industria armamentística es la más poderosa del mundo. Está de moda la medicalización porque la industria farmacéutica puso mucho dinero para que así sea. Han invertido muchísimo para meternos en el coco el medicarnos todo el tiempo. Hay más farmacias que bares últimamente. Y hay farmacias, y parafarmacias y metafarmacias y métete toda la cantidad de pastillas que puedas: hierbas, psicotrópicos, pastillas para dormir, para no dormir, para levantarte, para ser feliz, para quedarte quieto… Todo esto ocurre porque la industria del medicamento es una de las más poderosas del mundo, insisto. Hay países que funcionan gracias a la industria farmacéutica… Incluso todo el mundo habla de Valium, se ha metido esta industria tanto en nuestra cabeza que no hablamos de ácido acetilsalicílico, hablamos de aspirina. La gente no dice diacepam, decimos Valium. En muchos países se dice “necesito trankimazin”. Estamos sometidos a la industria de la medicación, es una industria poderosa y hay que verlo desde el punto de vista económico: está de moda la medicalización por el poder de la industria.

Está de moda la medicalización porque la industria farmacéutica puso mucho dinero para que así sea.

¿Quizá se aprovechen de la inseguridad de la gente? 

Se aprovechan de todo. Se ha comprobado que hay enfermedades que han sido inventadas para meter un medicamento en el mercado. Eso en inglés se llama disease mongering, hablo de ello en alguno de mis artículos. Se trata de generar una necesidad donde no la hay.

El niño se pone mal para que le presten atención, para hacer una llamada, para que estemos ahí.

¿Se escucha de modo suficiente el sufrimiento del niño antes de que este sea medicado?

Lamentablemente no, no se escucha. Es parte de nuestra lucha permanente, cuando digo “nuestra” me refiero a los psicoterapeutas, los psicoanalistas, de los que creemos que el niño está hablando algo con su síntoma. El niño se pone mal para que le presten atención, para hacer una llamada, para que estemos ahí. Creo que puse en mi Facebook una viñeta preciosa en la que un terapeuta como yo le aclara a un padre: “Lo que le estoy tratando de decir respecto al déficit de atención que tiene su hijo es que necesita que usted le preste atención”. Cuando no les prestamos atención a los niños, los niños hacen síntoma. Creo que no se escuchan suficiente los síntomas de los niños y por lo tanto cada vez hacen síntomas más aparatosos y luego tienen que venir a tratamiento. Sería mucho mejor hacer prevención, pero… Y aparte, como la industria tiene que vender pastillas, cada vez están medicalizando antes a los niños.

Los niños necesitan no solo que les abramos nuestras orejas, necesitan que dejemos de lado nuestros relojes y les dediquemos tiempo.

Para ir cerrando la entrevista, ¿le gustaría hacer alguna reflexión sobre la escucha al niño?

Creo que ya hemos hablado sobre lo más importante: hay que escuchar mucho a los niños, los niños tienen mucho que decir. El adulto tiene que saber que tiene mucho que enseñar al niño, pero mucho que escuchar y aprender de ellos. Sobre todo el adulto tiene la responsabilidad de escuchar a los niños, tiene que enseñar a los niños a escuchar y a escucharse entre sí teniendo en cuenta que la única forma de enseñar es con el ejemplo: si yo no escucho, no puedo enseñar a que escuchen. Si yo quiero que me escuchen a mí, lo mejor será que yo les escuche a ellos. Eso es lo importante: saber escucharnos entre todos. Respetar además mucho que cada niño tiene su tiempo y su forma de hablar, pero que cada uno tiene muchas cosas que decir y que uno tiene que tener tiempo para dedicarse a los niños. Es otra de las cosas que falta en esta sociedad: tiempo. Los niños necesitan no solo que les abramos nuestras orejas, necesitan que dejemos de lado nuestros relojes y les dediquemos tiempo. Tenemos que aprovechar también para jugar con ellos, para jugar con el lenguaje, con palabras, que entremos en el mundo del juego del niño. Esto no quiere decir que nos pongamos a hablar como tontos forzando vocecillas que no son las nuestras. A el niño hay que hablarle como lo que eres, yo soy adulto, pues te hablo como tal. Hay que darse tiempo, hay que respetar el lenguaje del niño, no hay que ridiculizar nunca a los niños y, aparte de la escucha, habría mucho que pensar sobre lo que hay que decirle a los niños. Nunca hay que decirle a un niño “tú eres tonto”, cada niño tiene su tiempo. Nunca hay que decirle a un niño “tú no puedes”, cada niño tiene sus posibilidades. Nunca hay que menospreciar a los niños. De todos modos, tampoco se pueden dar recetas porque cada niño es un mundo y hay que entenderle en su particularidad, pero creo que para entender a los niños, que para mí es un mundo absolutamente fascinante, lo que tengo que hacer es escucharlos, escucharlos mucho, escuchar su dibujo, su cuerpo, su juego y su discurso: todo. Y darle todo el tiempo del mundo. No tengamos tanta prisa, que el mundo de la infancia es muy rico y no hace falta ir quemando etapas de la vida como para llegar a una meta más rápidamente.

Nunca hay que decirle a un niño “tú eres tonto”, cada niño tiene su tiempo. Nunca hay que decirle a un niño “tú no puedes”, cada niño tiene sus posibilidades. Nunca hay que menospreciar a los niños.

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