¿De que sirve un profesor?

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Texto por Lcdo. Manuel A Velásquez Alvarado , Psicólogo Clínico y Psicoanalista Infantojuvenil

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Hace ya un tiempo leía un artículo del escritor italiano Umberto Eco en el periódico “La Nación” de Argentina, titulado “¿De que sirve un profesor?”. Plantea una cuestión importante ¿en estos tiempos donde la información es accesible para todos y desde diferentes medios, porque necesitamos aun profesor(a)?, esta pregunta desde una mirada limitada, sobre la labor docentes, es sencilla de contestar: no sirve de nada. Si vemos al maestro únicamente como aquel que trasmite información y conocimientos a sus alumnos, porque él sabe y ellos no, sabremos que es un actor cada vez más innecesario en el proceso educativo. Será un actor que no solo dejará de tener importancia, sino que tenderá a desaparecer.

Sin embargo, la reflexión no está dirigida únicamente a cuestionar el futuro de la existencia del profesor…  también nos invita a cuestionarios sobre “qué tipo de profesores” somos y debemos ser en la actualidad. Hoy podemos elegir entre ser de aquellos profesores que, creyendo saberlo todo, les enseñan a los estudiantes “que no saben nada”, o podemos elegir ser aquellos maestros que se reconocen como facilitadores, que desde la experiencia docente, poden acompañar a sus pupilos en su proceso personal de aprendizaje… donde se les puede ayudar a ordenar, organizar e interpretar todo esa información y todo ese conocimiento al cual ya tienen acceso no solo en la escuela, sino en sus hogares y en sus comunidades. El ser maestro es una elección y el ser un docente comprometido también… somos tan buenos docentes como lo elegimos ser.

Este profesor, que es facilitador y no transmisor de conocimiento, tiene mejores posibilidades de contribuir al crecimiento y desarrollo integral de los niños y de aportar a la construcción de una mejor sociedad, de un mejor país. Hoy es un día para celebrar esta profesión tan apasionante pero también es un día para reflexionar sobre nuestro actuar como docentes. Es importante festejar y pensar a profundidad sobre el compromiso que tenemos todos los días en nuestras manos.

 

¿Que es el padre?

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El Dr. Lacan responde: El padre es una metáfora

Es el padres, que como representante de la ley simbólica, da cabida a la diferencia entre lo permitido y lo prohibido, permite la introducción del hijo al orden de la cultura. La ley que simboliza El Padre veda y concede, dona, articula, y hace responsable a todos los miembros, porque ellos son parte de una estructura. Es esa ley la que apacigua los lazos sociales y favorece a que estos vínculos sean establecidos dentro de un marco ético.

Al padre, para cumplir con su función reguladora, no le vasta con estar físicamente, ya que debe asumirse portador de esa metáfora que introduce una ley necesaria.

Por: Lcdo. Manuel A. Velásquez y Alvarado, Psicoanalista
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Transferencia y clínica psicoanalítica con niños, apuntes breves.

Transferencia: “Designa, en psicoanálisis, el proceso en virtud del cual los deseos inconscientes se actualizan sobre ciertos objetos, dentro de un determinado tipo de relación establecida con ellos y de un modo especial dentro de la relación analítica. Se trata de una repetición de prototipos infantiles, vivida con un marcado sentimiento de realidad” (Laplanche y Pontalis).

En la clínica psicoanalítica la transferencia está vinculada a la cura; a diferencia de la psicología, que la considera como una identificación afectiva entre paciente y terapeuta,  la teoría psicoanalítica la conceptualiza como un lugar en donde mucho se ponen en juego sobre la persona del analista, como depositario de estos afectos desplazados desde lo reprimido y que, antecediendo al tratamiento, devienen en los síntomas de su neurosis. Puestos después en el tiempo presente de la cura, configuran la Neurosis de Transferencia establecida por el Dr. Freud.

En términos más simple la trasferencia es lo que hace posible ese terreno donde el paciente pone en juego, frente-sobre el analista, su lectura del mundo y sus fórmulas para el vínculo, dando paso a la posibilidad de resignificarlos.

Sesión 4, A.H. 9 años:

AH: ¿Cómo te llamas?
Analista: sabes cómo me llamo, el día que nos conocimos ambos dijimos nuestros nombres.
AH: Si, yo sé… te llamás Manuel… ¿puedo llamarte Manu?
Analista: no tengo inconveniente…
AH: ¿Y qué es eso?
Analista: Un cuaderno de apuntes…
AH: ah, entonces es como mi cuaderno del colegio… ¿pero para que lo tenes, porque tomas notas?
Analista: tomo notas y hago apuntes de lo que conversamos, me ayuda luego a recordar cosas sobre ti.
AH: ¿te puedo hacer un dibujo en el? Porque así recordaras más cosa sobre mí.
Analista: ¿y que dibujarías en el?
AH: una familia… una familia de gatos… y te contaría de la historia de esa familia de gatos.
Analista: Eso quiere decir que conoces muy bien a esa familia de gatos…
AH: sé tanto de ellos que podrían decir que soy parte de esa familia de gatos…
Analista: háblame de ellos, dime que quieres decir sobre ellos…

En la clínica psicoanalítica con niños la trasferencia también opera, en mi experiencia de una manera mucho más fluida e inmediata,  y cuando se establece y se deviene un lazo con el analista la cura toma una dirección.

Por: Lcdo. Manuel A. Velásquez y Alvarado, Psicoanalista
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Todo lo reprimido retorna: una reflexión sobre centros educativos y violencia escolar.

Una de las máximas freudianas es que todo lo reprimido retorna, y regularmente retorna con más fuerza. El tema de la violencia en las escuelas se ha situado en la opinión pública guatemalteca en los últimos años y su exposición es recurrente en los medios masivos de comunicación. En los últimos días, sobre todo en las redes sociales, ha circulado una noticia que reafirma esta máxima. Aunque podemos sorprendernos e indignarnos es algo que en el fondo no nos extraña. La discusión respecto a la demanda legal de unos padres de familia que, acatando al derecho que su hijo tiene a la educación, ganaron a un centro educativo privado por haberlo expulsado, luego de agredir sexualmente a una compañera (tomarle fotografías a sus genitales y circularlas); pone frente a nosotros preguntas que nos hemos estado negando: ¿quiénes son los responsables de que este fenómeno se presente dentro de la escuela? ¿Quiénes son los obligados a responder con estrategias eficientes para abordar este tema?

Desde hace más de 5 años en el Centro de Investigación para la Calidad Educativa CIFCE hemos buscado impulsar estrategias que analicen y aborden las diferentes manifestaciones de la violencia en el contexto escolar. Nuestro objetivo ha sido el estudio del fenómeno pero también el diseño de estrategias específicas, partiendo de la particularidad de cada centro educativo. A pesar que la violencia está presente y es ineludible en la escuela, nos hemos topado con la negativa de muchos en invertir y discutir alrededor de este tema. Algunos prefieren partir de la premisa que no es un asunto del colegio, otros son más ingenuos (o presas de la negación) y refieren no tener este problema a lo interno de sus centros educativos. Pocos son los que reconocen que el problema existe (casi ninguno lo reconoce abiertamente) y que es necesario abordarlo frontalmente.

La violencia es un fenómeno generalizado al grado que la OMS/OPS la ha catalogado como una pandemia por sus implicaciones en la salud de las poblaciones. La Primera Encuesta Sobre Victimización y Percepción de la Seguridad Pública realizada en el municipio de Guatemala revela que alrededor del 25% de la población fue víctima de algún delito durante el 2013 y que el 94% de la población temía ser víctima de un delito durante los siguientes seis meses.

Aunque en Guatemala el problema, por el momento, no se ha manifestado en las modalidades que se presentan en países como Estados Unidos, la violencia escolar si ha tenido victimas mortales. Según un estudio realizado por la Comisión Económica para América y el Caribe (CEPAL) y divulgado por el BM (Banco Mundial), en Guatemala el 39% de estudiantes de sexto primaria ha sufrido algún tipo de violencia en las aulas.

En este contexto es innegable que la violencia es un fenómeno que se manifiesta día a día en las aulas. Quizá la negativa en analizar y discutir sobre este tema (al menos abierta y permanentemente) nace de la complicación de determinar, o asumir, quién debe ser el responsable de abordarla. En este sentido, los centros educativos privados van retrasados en comparación a las acciones realizadas en las escuelas e institutos públicos, por el Ministerio de Educación buscando palear la problemática.

Abordar la vinculación entre clima escolar, conflictividad y violencia en el contexto escolar implica una serie de discusiones cognoscitivas, teóricas y metodológicas que alcanzan varios temas y a todos los actores de la comunidad educativa. La gran mayoría de los teóricos en violencia escolar concuerdan en que los vínculos con los padres que están enfocados a las necesidades de los infantes, que no son agresivos o violentos (física y simbólicamente), que son constantes, permanentes y nutritivos influyen en la disminución de la probabilidad de que los niños manifiesten comportamientos violentos o problemas de adaptación y conducta. Desde la teoría del aprendizaje y desde las diferentes vertientes de la psicología se considera que los vínculos sanos afectivos tempranos,  establecen las bases de un desarrollo saludable en los niños; sin embargo la necesidad de contar con un referente afectivo, que favorezca una base propia segura, no es exclusiva de los niños, sino que se hace necesaria también en los adolescentes y  los adultos.

La violencia en la infancia y la adolescencia, tanto física como simbólica, también suele cumplir con una función adaptativa dentro de la cultura de pares; en tanto las normas y sistemas tácitos de autorregulación grupal legitimen la violencia, como una modalidad del vínculo con los otros, acceder a la violencia favorecerá la identificación/aceptación al grupo. Un ejemplo de la prevalencia de este fenómeno en la niñez y adolescencia, es un estudio realizado por el Ministerio del Interior de Chile en el año 2011 que revela que las dinámicas violentas son más frecuentes en los niños de entre 11 y 14 años; este hecho se hace más relevante si consideramos que es precisamente durante ese rango de edad  que se consolidan los grupos de pares y se define aspectos en cuanto a la identidad y los referentes para los vínculos futuros. Bajo esta consideración los vínculos, y más aún los establecidos con figuras significativas (como padres y maestros), que se enfoquen en beneficiar dinámicas saludables, suelen tener una influencia reveladora en las dinámicas de violencia.

Por su parte la familia y la comunidad educativa son los referentes de socialización inicial por excelencia; es allí donde los sujetos adquieren una referencia, representación y modalidad de interpretación respecto al mundo, así como las competencias, habilidades y valores que ponen en juego la adaptación al contexto. En este sentido la incorporación de normas, límites y regulaciones sociales en y desde la familia y la escuela es determinante en la prevención de la violencia social. Ambos contexto debe reformularse  en función de los nuevos tiempos, de las nuevas configuraciones sociales y sus demandas; es importante reconocer que las nuevas funciones de la comunidad educativa, ergo de los centros educativos, deberán ir enfocadas, como lo demandan los nuevos síntomas sociales, hacia la prevención de la violencia y la resolución de conflictos.

Las determinantes de la violencia son multicausales y complejas, siempre será necesario no perder de vista que son inherentes a los vínculos entre los individuos y a los contextos socioculturales en los que se originan.

En concreto, es necesario que las familias y los centros escolares se permitan replantear su papel en cuanto las manifestaciones de la violencia en las aulas; es necesario reconocer, discutir, visibilizar el fenómeno, sus determinantes y los factores de riesgo, pero sobre todo las implicaciones para la subjetividad de quienes son víctimas de la violencia y de cómo esta violencia que se manifiesta en la escuela puede catapultarse a la sociedad con más fuerza a través de los ciudadanos que producen estas instituciones.

Dentro de la comunidad educativa; la familia y el centro educativo, tienen una tarea pendiente en cuanto al fenómeno de la violencia en la escuela. Si negamos su existencia y nos negamos a entenderla y abordarla y si no le damos la importancia justa nos retornará y con más fuerza.

El adolescente irreverente: la rebeldía como causa (I).

El conflicto siempre está mal visto, soñamos con la fantasía de vivir fuera del conflicto, negarlo, es considerado como aquel ruido que entorpece la buena comunicación y la buenas relaciones entre los seres humanos, tiende a ser, desde las posturas más postmodernas de la felicidad de fácil y rápido acceso, la fuente de nuestra infelicidad, ergo buscáremos siempre su “cura”.

¿Pero no es precisamente el conflicto aquello que nos permite desde la diferencia, ladrillo a ladrillo, la construcción de una identidad con nuestras propias particularidades?, ¿No es el conflicto, interno e intelectual, lo que nos permite desafiar los vínculos endogámicos, el pensamiento nihilista y las posturas dogmáticas en la vida?. El conflicto en cierto sentido es regulador.

El doctor Freud, desde sus primeros textos, propuso que el conflicto es, precisamente, una fuente de la vida psíquica, es decir nuestro propio inconsciente se constituye por el mismo conflicto, de aquello que no va, que carece de sentido, que no se adapta a lo esperado.

De una u otra manera, para todos, con mayor o menor intensidad, el paso por la adolescencia ha supuesto un tiempo de ruptura, de impasse, de cambio; los padres, educadores, los adultos, generalmente extraviados, no saben cómo lidiar con lo que implica este momento, se encuentran sin recursos para orientar a los jóvenes ni para motivarlos en cuanto a sus estudios o propósitos de vida, se ven con dificultades para evitar que no tome un mal camino o que sean propensos a conductas de riesgo.

Desde el inicio de nuestra vida el mundo conlleva cambios y la adolescencia no es la excepción. Implicará siempre la perdida de una condición infantil para dar cabida a la construcción de un adulto; es en ese camino donde aquel sujeto deberá separase del amor cotidiano filial para internarse en, lo hasta entonces, prohíbo, extraño y ajeno. Será cuando se empiece a retar lo establecido con la finalidad de constituirse como un sujeto con particularidades, con su propia lectura del mundo, de la familia, de la sociedad e incluso de los valores que hasta ese momento lo han regido, estableciendo sus propios parámetros y contornos físicos y psíquicos.

Es un momento donde son ellos frente al mundo, donde se ponen a prueba a sí mismos y a sus límites sociales, intelectuales, corporales y morales; todos aquellos recursos que hasta ese momento le eran habituales, caducan y les dejan de ser útiles para enfrentar  las nuevas situaciones, es una época de ruptura y perdida, su cuerpo cambia y se trasforma, los referentes adultos paternales protectores idealizados, que les sostenían en la niñez, cae y se desvanecen. El joven adolescente se reconocerá fuera de lugar, inadaptado, aburrido ó desinteresado en cuanto a lo que antes era lo acostumbrado.

Los padres buscan que sus hijos púberes sigan siendo niños pequeños, sus niños o, en el otro extremo, buscan establecer vínculos con ellos como si fueran sus pares (tratando de darles el estatus de adultos), esto los lleva de una lugar de sobre protección, donde se les inutiliza, a un lugar de liberación total donde aparentemente los dejan forjar su camino sin intervención alguna. Ambas estrategias suelen ser fallidas porque no son ni uno (niños), ni lo otro (adultos). Esto tiende a hacer más tenso, caótico o confuso ese tiempo para los jóvenes, que de por sí ya están sumergidos en la confrontación de la maduración sexual biológica y social, que está plagada de una oleada de nuevas y extras sensaciones.

Los adolescentes siguen necesitando de sus padres, siguen siendo fundamentales para ellos, pero de una forma diferente. Esta etapa implica, por esencia, el rechazo al mundo que los padres han construido para ellos como niños, sin embargo, este no es caprichos o azaroso (por desordenado que llegara a presentarse) ya que, cuestionar lo establecido hasta el  momento, es un acto de valentía para establecer y marcar una identidad que lo defina y lo separe de los otros, en un intento de independencia y emancipación. Desde esta perspectiva deberá haber siempre un espacio para el conflicto, para lo contingente, para lo no planificado, ergo para los rebeldes-con-causa, para darles acceso a una impetración propia de la realidad y que al mismo tiempo los invite a hacerse responsables de sí mismo, de sus actos e incluso de sus emociones.

A partir de lo bilógico podemos establecer una serie de etapas consecutivas que determinan, tanto la entrada como la salida de la adolescencia, desde el punto de vista psíquico este recorrido no es posible de determinar tan matemáticamente, al menos no desde el discurso psicoanalítico, ya que esta transición es del uno por uno y en función de su contexto, su familia y sus propias experiencias. Entenderemos la adolescencia desde una configuración diferente, no necesariamente serán los estándares de “normalidad” los que determinen la existencia o no  de una problemática en la adolescencia, porque reconoceremos esa condición intrínseca de caos en la búsqueda y constitución de sí mismo.

Esta llamada condición de caos implica que no existe una manera predeterminada o natural de vivir la adolescencia, los referentes, al menos los que competen a sus aspectos psíquicos, rebasa lo biológico y se construyen en simbólicos y culturales; estos estándares estarán siempre en movimiento y dependerá de cómo los viva cada uno. Ese caos no siempre se manifestara por medio de un comportamiento “inadaptado”, para un adolescente aparentemente adaptado y no problemático su transitar por la adolescencia puede ser igualmente compleja. El psicoanálisis no se ocupa del comportamiento en sí mismo para su diagnóstico, sino más bien en los elementos psíquicos y simbólicos que se ponen en juego con esa conducta (más allá de que sea o no una conducta socialmente aceptable).

Antes de la adolescencia para el sujeto existía un referente dogmático producido desde los padres, eran ellos los que introducían el significado frente a la muerte, los sentimientos, el sin sentido, el desorden o el caos; sin embargo, este referente se hace insuficiente y precario, pierde fuerza, le es escaso y el sujeto-adolescente queda a la deriva, eso le implica la constitución de un nuevo orden, totalmente desconocido para él y para cual no hay ninguna explicación aparente ni inmediata.

Una aparente agresividad y rebeldía o su otro extremo, la inhibición, pueden ser una demanda de amor y atención que nadie ha percibido. No se trata de una demanda de amor infantil en la búsqueda de estructura, dirección o para que se hagan cargo de él, es más bien una demanda de amor que se enlaza con la aceptación, la credibilidad, el respeto y la apertura a un espacio diferente donde aquel adolescente pueda, desde sus propias particularidad, ser.

El otro extremo a considerar es la ausencia de un conflicto manifiesto, porque no implicará necesariamente la ausencia de un apuro interno o que este sujeto esté exento al caos de la conformación de la propia identidad. La experiencia clínica da fe que en ocasiones la aparente ausencia del conflicto debe ser de especial atención.

Por otro lado ese caos de la adolescencia, terreno poblado de malos-entendidos y conflicto, no debe ser asumido, pese a los malestares que pueda generar, como un mal a curar. Ese desconcierto/fascinación, que encuentra un colofón en la rebeldía, debe ser considera como una causa en la adolescencia. El reto para padres y educadores será favorecer y no coartar esa emancipación al status quo.

El campo de acción para los psicoanalistas será acompañar al sujeto en cierne por los territorios del caos, ser portador de una constante pregunta dirigida al sujeto-adolescente sobre sí mismo y su implicación en ese caos, ser garante que esa rebeldía se constituya siempre como causa, dirigir la pulsión fuera de los límites de la catástrofe y el estrago, para dirigirla a la constitución de un sujeto ciudadano, con la capacidad de establecer vínculos más saludables.

Por: Lcdo. Manuel A. Velásquez y Alvarado, Psicoanalista
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¿Por que todos deberíamos tener una mascota?

Dr. Dingo

Hay muchas anécdotas sobre los perros del Dr. Sigmund Freud, se dice que atendía la consulta acompañado por su perra Jofie/Topsy, una chow chow que le había regalado su hija Ana (luego de la trágica muerte de su mascota anterior). Freud era muy atento a las reacciones de ella frente a los pacientes puesto que notó que Jofie tenía un efecto tranquilizante en sus pacientes, especialmente en los niños y parecía darle algunas pistas sobre su estado emocional.

En sus últimos años el doctor Freud estableció una relación muy estrecha con sus mascotas y en varias ocaciones hizo referencia a su relación con ellas. En una carta que le escribe a una de sus expacientes (y también psicoanalista), Marie Bonaparte[1], le dice: «Los motivos por los que se puede querer tanto a un animal con tanta intensidad; es porque se trata de un afecto sin ambivalencia, de la simplicidad de una vida liberada de los insoportables conflictos de la cultura. Los perros son más simples, no tienen la personalidad dividida, la maldad del hombre civilizado ni la venganza del hombre contra la sociedad por las restricciones que ella impone. Un perro tiene la belleza de una existencia completa en sí misma, y sin embargo a pesar de todas las divergencias en cuanto a desarrollo orgánico, existe el sentimiento de una afinidad íntima, de una solidaridad indiscutible. A menudo cuando acaricio a Topsy me he sorprendido tarareando una melodía, que pese a mi mal oído, reconocí como el Aria de Don Juan. Mucho más agradables son las emociones simples y directas de un perro, al mover la cola de placer o ladrar expresando displacer. Nos recuerda a los héroes de la Historia, y será por eso que a muchos se los bautiza con el nombre de alguno de esos héroes».

Desde muchas perspectivas tener una mascota tiene efectos terapéutico y se considera una opción de medicina preventiva, son varios los estudios y los grupos que ha descubierto y promovido los efectos positivos en la salud mental y física en los seres humanos. Pero más allá de que los animales de compañía pueden favorecer los procesos de recuperación en enfermedades psíquicas y físicas, las mascotas pueden hacer nuestra vida muchos más agradable, productiva y satisfactoria. El vínculo con las mascotas contribuye a que las personas, especialmente los niños, desarrollen valores como la amistad, el amor, la tolerancia y el respeto a la vida, así como promueve el sentido de responsabilidad. Esta relación también nos permite ser más humanos ya que el demostrar empatía y actitudes positivas hacia un animal de compañía nos motiva a hacerlo también con nuestros semejantes.

En el caso particular de los niños, una temprana relación con una mascota coadyuva al desarrollo integral, le permite una sensación de ser aceptado y querido, se convierte en una fuente de gozo y contribuye a la satisfacción de diversas necesidades afectivas. El establecer un vínculo entre los niños y su mascotas puede ayudar a establecer lazos basados en el respeto, la tolerancia, el cariño, la empatía y compasión. Al mismo tiempo les pude permitir relacionarse con la naturaleza, fijar límites y establecer hábitos positivos. En los más pequeños una mascota pude estimular su creatividad, fomentar su socialización y desarrollar habilidades físicas.

En el hogar y en el contexto familiar una mascota puede favorecer la comunicación y los vínculos bilaterales de sus miembros, permite la incorporación de actividades colectivas que fomentan experiencias constructivas y significativas en cuanto a las relaciones, la disciplina y el trabajo colaborativo.  Por otro lado la convivencia familiar con una mascota puede ser útil a los padres para abordar diferentes temas vinculados a la vida y sus vicisitudes como: la muerte, el duelo, el abandono, la perdida, la reproducción, el nacimiento, la relaciones humanas, la violencia simbólica y física, las enfermedades y los accidentes.

A nivel individual también tiene beneficios el tener una mascota, ya que disminuye el sentimiento de soledad, mejora el humor, motiva a la actividad física, favorecer la recuperación de enfermedades físicas y psicológicas y nos libera del estrés.

Sin embargo el tener una mascota implica un compromiso y muchas responsabilidades que debemos tomar en cuenta. Es importante que nuestra mascota sea tratada con respeto y dignidad, debemos entender que son esas mismas implicaciones y responsabilidades las que crean un contexto favorable para el aprendizaje.

Consideración y recomendaciones para tener una mascota:

  • Evalúe el espacio y el tiempo que puede dedicar a su mascota y considérelo al momento de elegir una. Hay muchas opciones de animales de compañía y seguramente encontrara uno que sea coherente con su estilo de vida.
  • Incluya a todos los miembros de la familia en la elección de la mascota, especialmente a los mas pequeños. No olvide considerar la opinión y deseo de todos buscando consensos, no deje de lado las condiciones de salud de los miembros de la familia para que la mascota favorezca su recuperación o asistencia.
  • Cree conciencia dentro de la familia que un animal es un ser vivo, con necesidades, sensaciones y sentimientos, que debe ser atendido y considerado dentro del entorno. Una mascota no es sinónimo de juguete. Es importan que comprenda que requerirá de atención y que deberá vivir toda su vida con la familia.
  • Favorezca la crianza de su mascota como un medio para educar y trasmitir valores a los niños, involucre a todos los miembros de la familia y planifique su cuidado en conjunto. Trasmita a los más pequeños como se modificará la dinámica familiar y cuales son las condiciones para tener un miembro más de otra especie en la familia.

Por: Lcdo. Manuel A. Velásquez y Alvarado, Psicoanalista
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Enlace de interés, Observatorio pro derechos de los animales: https://www.facebook.com/odaguatemala

[1] Freud, M. (1966). Sigmud Freud: mi padre. Ediciones Hormé S.A.E.

Níkolas

Trabajo y Salud Mental: “Equilibrio entre lo personal y lo laboral»

Salud Mental Positiva: “Es un estado de
bienestar en el cual el individuo es consciente de sus
propias capacidades, puede afrontar las
tensiones normales de la vida,
puede trabajar de forma productiva
y fructífera y es capaz de contribuir a su comunidad”.
Organización Mundial de la Salud (OMS)

Japón se ha ganado la fama de ser el país con más estrés del mundo, incluso una cantidad considerable de personas llegan al suicidio al no soportar su fuerte carga de trabajo, la trascendencia de este fenómeno es tal que muchos de estos acontecimientos son considerados legalmente como accidentes laborales. Aunque no son todos por razones laborales Japón, en el año 2012, se ubica entre los 10 primeros países con mayor indice de suicidios (22.23 personas por cada 100,000 habitantes) según la OMS.

En nuestro país invertimos un mínimo de 8 horas diarias en trabajar (33% de las horas del día) que corresponden a un promedio de 40 horas a la semana. Pese a esto pocas veces nos detenemos a considerar el impacto en nuestra salud (física y emocional) y mucho menos en determinar acciones que prevengan efectos negativos en nosotros. Los factores que afectan la salud mental en el trabajador van más allá de la cantidad de horas laborales e incluyen las cargas de trabajo asignadas, las relaciones con otros compañeros, con jefes y subalternos, el desplazamiento a los lugares de trabajo, el lugar físico donde se desempeña nuestra labor, acceso a los materiales y recursos que faciliten el que hacer, el salario, entre otros.

El trabajo es una actividad importante para el ser humano, en cuanto a sentirse productivo, y en la mayoría de casos para garantizar el acceso a otros factores determinantes para el desarrollo personal, colectivo y familiar (alimentación, salud, educación, esparcimiento, etc). Por lo tanto es necesario que el trabajo sea una actividad que genere satisfacciones y que no se convierta en una fuente estrés que afecte nuestro equilibrio emocional y familiar.

Las acciones de promoción de la salud mental también puede generar un aumento en los niveles de productividad y rendimiento en los trabajadores. Un clima organizacional que favorezco la salud mental ayuda a incrementar la moral del trabajador, facilita la comunicación y promueve el trabajo colaborativo de los equipos de trabajo. Un ambiente laboral que promueve espacios saludables ayuda a sus trabajadores a afrontar circunstancias complejas y variables tanto dentro como fuera del espacio laboral. El clima organizacional y la forma en que se organiza el trabajo pueden también influir en positivamente en la salud mental de los empleados.

Las empresas o instituciones deber considerar el impacto que tiene el no invertir o el no profundizar en estrategias que promuevan la Salud Mental dentro de sus equipos de trabajo, sin embargo la responsabilidad de que se den ambientes saludables en el contexto laboral alcanza también a los empleados mismos. Un clima laboral saludable es responsabilidad de todos, ya que sin la apropiación por parte de los empleados no tendrán impacto ninguna de las políticas o acciones que implemente la organización.

Como empleados podemos generar varias acciones que pueden mejor el clima en nuestros trabajos que coadyuven a las acciones tomadas por la empresa. Estas son algunas sugerencias que se pude implementar a nivel personal y mejorarían el clima de trabajo:

  1. Planifique su jornada: es importante que no se sienta sobre cargado en el día y que dosifique sus actividades y productos diarios, semanales y mensuales. Esto le permitirá generar un ritmo de trabajo más agradable y menos agotador.
  2. Ocúpese: si su trabajo no es demándate en tiempo o productos y “le sobra” tiempo busque realizar actividades que complementen su trabajo, lo hagan adquirir nuevas competencias o le permita ayudar a los demás. El no tener actividad en el trabajo puede ser igual de dañino para el equipo, la empresa y la persona que el estar sobre cargado de trabajo.
  3. Comuníquese: es importante que generar una cultura de comunicación sobre lo que le afecte positiva o negativamente en el trabajo. Sepa comunicarse con sus superiores con sus subalternos y sus compañeros. Una comunicación fluida, respetuosa y constante pude evítales malos entendidos con sus compañeros y colegas de trabajo. Utilice los medios adecuados para comunicar sus opiniones, sentimientos y sugerencias y enmárquelos únicamente el contexto que competa a lo laboral. No favorezca la cultura de la “comunicación indirecta” a través de socializar información inexacta, no oficial, que rebase su competencia o el contexto del trabajo.
  4. Apoye y apóyese en sus compañeros: el trabajo en equipo es fundamental, apoye a sus compañeros cuando estén sobre cargados o tengan alguna tarea urgente en la que ustedes pueda ayudarlos. De igual manara pida ayuda cuando la necesite, solicite apoyo a sus compañeros y superiores cuando la requiera su carga de trabajo.
  5. Separe el trabajo de lo personal: sepa encontrar un equilibrio sano sobre “lo que lleva del trabajo a casa” y sobre “lo que lleva de casa al trabajo”. La vida familiar y la laboral se complementan pero es importante mantener los espacios, problemas y preocupaciones en el espacio adecuado. La familia no es el lugar para resolver o ventilar problemas que cometen al trabajo y el trabajo no es el lugar para resolver o ventilar problemas familiares. En esta misma linea debe considerar los limites y diferencias entre una relación personal y laboral, si por alguna razón tiene algún vínculo de amistad o familiar con un compañero de trabajo deberán ser muy cuidadosos y estar siempre pendientes de no confundir la confianza o ventilar los problemas en el contexto inadecuado.
  6. Busque ayuda profesional: si tiene algún problema de salud, emocional o de cualquier otro tipo busque la ayuda de un profesional de la rama que lo ayude a superarlo. Si es necesario comunique a sus superiores su problema y solicite las consideraciones transitorias del caso. No busque en el trabajo o compañeros la solución de sus problemas personales o familiares.
  7. Haga cambios: si su trabajo es una fuente de estrés o malestar constante evalúe los cambios que debe implementar para hacer diferente esa situación. Evalúe sus acciones, productos y actitudes y determine si tiene las habilidades y aptitudes necesarios para desempeñar su trabajo. También debe evaluar si la empresa le esta proveyendo de lo necesario mínimo para desempeñar su trabajo de manera adecuada, de no ser así busque negociar mejores condiciones dentro del marco de lo que es posible y sensato. Si el ambiente de trabajo no le es favorable y no es posible mejorar las condiciones considere buscar nuevas oportunidades que estén más acorde con sus intereses o necesidades. Un trabajador inconforme, estresado o molesto genera un ambiente de trabajo poco saludable para él, sus compañeros y la empresa.
  8. No procastine: procrastinar es la acción de posponer las actividades importantes por otras que no tienen importancia y que solo retrasan el resultado. Esto puede provocar perdida de tiempo y que el trabajo importante se acumule efectuando la calidad del producto, y sometiéndolo a periodos de estrés innecesario al momento de entregar resultados.

Los ambientes saludables en el trabajo son responsabilidad de todos. Como trabajadores debemos implementar acciones y tomar actitudes que favorezca la salud mental a lo interno de nuestro lugar de trabajo y con nuestros compañeros de labores.

 

Texto publicado en la revista Municipal de Salud
Dirección de Salud y Bienestar Municipal
Municipalidad de Guatemala
2014

Por: Licdo. Manuel A. Velásquez y Alvarado
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A propósito de los propósitos (año nuevo 2015).

El consultorio es un terreno poblado de contingencias, vicisitudes, sede de sin sentidos y es precisamente por ello que allí opera la cura. Entretejer el delirante discurso del paciente produce un decir que le permite dar sentido propio a la existencia y con ello rectificar todo aquello que le genera malestar. En ese recorrido hay cabida para los propósitos.

Hace un par de días tuve las últimas sesiones clínicas del año con mis pacientes, antes de tomar unos días de descanso prudente y quizá necesario para ellos y también para mi. Uno a uno como cada semana ocuparon su lugar en el sofá/diván, cada quien con su propio discurso, con sus propias dudas, con sus propios miedos y sus propias certezas; sin embargo, con el pasar del día una transversalidad se fue presentando en la clínica, ellos introdujeron también, desde su particularidad, sus propósitos para el año nuevo.

La cultura nos ha impuesto ciclos de tiempo y eso ciclos, cuando se reinician, parece conllevar la urgencia de proponernos cambios respecto a lo que creemos que ya no funciona para nosotros. El año nuevo es precisamente uno de esos ciclos de tiempo, casi universal, donde los propósitos se hacen presentes.

El decir de uno mis pacientes en su última sesión del año me pareció particularmente poderos para reflexionar respecto a los llamados propósitos de año nuevo. Adquiere especial  importancia para su proceso, por su contexto y por la razones que lo llevaron inicialmente a la consulta. Se trata de un adolescentes de 15 años, muy inteligente y con gran capacidad de abstracción, superior a la de sus pares, pero que llegó hace unos meses al consultorio inhibido y con la imposibilidad subjetiva de trascender su niñez y acceder a la vida adolescente.

Su avance a sido significativo, a logrado cambiar de sesiones donde no podía recurrir más que a respuesta dicotómicas a sesiones donde se posiciona de un lugar, elabora un discurso respecto a su propia vida y se implica en las cosas que le pasan; transcendió del “tengo miedo a cambiar” al “quiero tener la oportunidad de ser alguien diferente”. Fue precisamente este muchacho, ahora ya en una posición subjetiva de adolescente, el que en su última sesión del año introduce con mayor fuerza la intención de definir sus propósitos de año nuevo y que mientras los enumeraba y describía evidenciaba, con mucha sensatez, su deseo de rectificar el rumbo actual de su vida para ser director de ella más allá de seguir siendo un espectador inhibido.

Este joven no es consciente (aún) que es precisamente el compromiso con esos propósitos que él mismo a introducido en los últimos meses, lo que le ha permitido empezar la transición de la niñez a la adolescencia, y con ello la construcción de un discurso personal e inédito respeto a su existencia que lo vincula a su propio deseo. Esto es lo que la psicoanalista francesa Francoise Dolto refiere cuando escribe: “Lo que caracteriza al adolescente es que dirige su mirada a un proyecto lejano, que él imagina en un tiempo y un espacio diferente de aquellos en los que ha vivido hasta entonces”.

Es en este contexto que los propósitos de año nuevo pueden adquirir una nueva formulación, puede ser entonces el motor de una causa hacia un proyecto inédito que dé acceso a nuevas vivencias. Los propósitos de año nuevo, al menos para este adolescente en cuestión, no son solo una lista de cosas, actividades o acciones que desea cambiar en su vida sino que es esa imparable tendencia (muy propia en él cuando se compromete) de desbocarse, con la fuerza de la juventud, hacia su deseo desde una causa personal. Lo que puso entonces en acto, en aquella última sesión del año, no fue la tendencia a seguir una tradición social, sino más bien la apuesta por, en sus propias palabras,  “ser alguien diferente, más cercano a quien deseo ser y no a quien me han dicho que debo ser”·

Propósitos en cuanto a una causa, una causa de deseo que es posible, es uno de los tantos aprendizajes que nos deja el proceso de este muchacho que intenta llevar su análisis hasta las últimas consecuencias.

Por: Manuel A. Velásquez y Alvarado, Psicoanalista

Nueva Guatemala de la asunción, 31 de diciembre de 2014

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Goza!: violencia(s) simbólica(s) y corporalidad(es).

Goza!: 
violencia(s) simbólica(s) y corporalidad(es)
Intervención introductoria al conversatorio en el marco de la
velada de cultural: todos somos carne y hueso.

Primer acercamiento: la dialéctica de la violencia simbólica.

El concepto violencia simbólica establecido por Bourdieu en los 70´s (a partir de los hallazgos en sus investigaciones sobre las relaciones de género en una tribu primitiva, y que luego aplicó a las relaciones en general entre los géneros), es un recurso teórico que las ciencias sociales utiliza para delimitar una supuesta acción racional, donde el ser dominador ejerce una suerte de violencia indirecta y no físicamente específica, dirigida a los dominados, quienes no la registran al nivel de la consciencia y que tampoco la asumen dirigida hacia sí mismos, por lo que de alguna manera cargan con una complicidad respecto a su propia dominación. La violencia simbólica de Bourdieu es a lo que Hegel llamó “la dialéctica del amo y el esclavo”, en donde hay un amo poseedor (y administrador) del deseo y un esclavo que lucha por el reconocimiento (el amor) del amo. Sin embargo es posible introducir dos diferencia entre uno y otro desarrollo conceptual, primero la posibilidad que se le reconoce al individuo de acceder a reconocerse en la posición de sujeto-de-un-otro-dominador, en Hegel se es consciente de esta dinámica en Bourdieu no; y segundo, en el desarrollo hegeliano hay una lucha-por-el-reconocimiento, mientras que el desarrollo de Bourdieu un sometimiento-para-el-reconocimiento. En esta dinámica es importante reconocer, tal como lo postula Foucault en “La microfísica del poder” y en “Los intelectuales y el poder”, el estatus de amo o de dominar es dado por el sujeto-oprimido, por el sujeto-esclavo, es decir que la existencia, el estatuto mismo, de amo-opresor no depende de él o su fuerza impuesta. Retornando a Hegel diría que la existencia del amo, entonces, está condenada por la existencia de un esclavo.

La violencia simbólica aparentemente es una relación de poder entre géneros (o más bien, a mi parecer, entre las múltiples representaciones de género). El concepto en Bourdieu permite analizar las relaciones de género como relaciones de dominación e identificar en ellas una relación de complicidad tácita entre los sujetos implicados.

Segundo acercamiento: el cuerpo es una construcción más allá de la masa biológica.

Se cree que el psicoanálisis, por su campo de acción – el inconsciente -, no considera el cuerpo, sin embargo, si algo no deja de lado el psicoanálisis, es precisamente la corporalidad, ese terreno poblado de síntomas, lugar de goce puesto en acto (en la carne).

Si algo estamos seguros los psicoanalistas, lo cual podemos constatar en el consultorio a través de los discursos que allí se ponen en juego, es que el cuerpo es una construcción; es algo que se produce y que excede la condición de materia, de masa biológica, y se inserta en el campo de lo simbólico. Siguiendo a Lacan el cuerpo se construye desde la palabra que opera sobre un real, lo que implica entonces una separación de la masa biológica en cuanto organismo y se introduce al registro de lo simbólico. Precisamente por ese entendimiento del cuerpo como creación, es que desde el Dr. Freud, los psicoanalistas consideramos que el cuerpo de la histeria es un cuerpo que, si bien sostiene un vínculo con lo biológico del sujeto, no es precisamente esa biología, sino que algo más allá de ella, algo que se proyecta a partir de esta. De acá la relación entre lenguaje, violencia y síntoma en cuanto a la corporalidad. Cabe entonces preguntarse ¿cómo se construye un cuerpo, como se crea un cuerpo desde lo simbólico?. Es el Dr. Lacan el que desarrollará en su teoría los tres registros desde donde es posible responder a estas interrogantes: lo real, lo imaginario y lo simbólico. Es complicado abstraer la obra de Lacan y explicar en pocas palabras como se hace un cuerpo pero por efectos de este conversatorio intentaré hacer una síntesis con las limitaciones teóricas que ello impone.

Lacan propone en el Estadio del Espejo que, inicialmente, el niño no tiene una unidad de cuerpo, que se percibe a sí mismo como fragmentado, no se ha dado una identificación y es gracias a la imagen del otro semejante que es posible unificar este cuerpo fragmentado. El otro semejante, que funciona como espejo, devuelve una imagen total de cuerpo, permitiendo así al sujeto en cierne, basado en esta referencia, constituir su cuerpo como totalidad. Es entonces allí que las pulsiones parciales ahora se concentran en esa imagen unificada, en la que el sujeto se identifica constituyendo así al Yo. Ese Yo, nos dicen Lacan, se forma a partir del Yo ideal, que es la imagen del otro como unificado, generando la unidad del propio Yo, instalando la función de la relación imaginaria. Cuando hablamos de que esta unidad especular, dada por un otro semejante, es de carácter imaginaria nos referimos a la conquista de una imagen que tiene como punto de partida la imagen del otro, lo que al final excede el desarrollo del cuerpo como biológico. Por otro lado el Yo excederá el cuerpo y al otro, siempre hará referencia a la imagen provista desde el otro semejante.

Más adelante en su teoría Lacan introduce el registro de orden simbólico que hace repensar al cuerpo como creación e introduce la condición del sujeto para apalabrarse, nombrarse y representarse, lo que permitirá formar al sujeto y su corporalidad.

Una representación de esto es el grito en el infante el cual, en sí mismo, no le representa nada específico, el neonato grita de forma espontánea y no hay manera de acceder, ni siquiera para él mismo, a un saber respecto a lo que hace referencia con ese grito. Como respuesta alguien, la madre por ejemplo, mediada por su propio deseo tiene una respuesta: “él tiene hambre”, “algo le duele”, “tiene frío”, es ella entonces, con este gesto, quien representa el grito, es quien lo interpreta y le da un sentido. Entonces aquel grito, hasta entonces, carente de sentido le es impuesto uno por un gran Otro, adquiere el estatuto de “llanto” y entonces pasamos de un grito si representación alguna al grito como representante del sufrimiento: “mi hijo llora por que sufre”. Es partiendo de esa dinámica que el cuerpo excede la imagen y es construido desde el lenguaje que le da corporalidad al sujeto. Es precisamente del lenguaje, desde lo simbólico, que adquiere sus características y su unificación, está a la suerte de la palabra y ya no de la imagen. Se separa entonces la masa biológica y el cuerpo simbólico. Los estudios de Freud sobre la histeria documentan todo esto.

Simbólico e imaginario, el primero dominante sobre el segundo, nos plantea un dilema en cuanto a que hay más allá de esa construcción del cuerpo y más allá de lo biológico; un sujeto, responde el psicoanálisis y agrega que el filo entre cuerpo y sujeto es ambiguo, ante lo que Lacan introduce un tercer registro: Lo Real.

Para Lacan, la noción de sujeto padece de una cantidad de transformaciones en la medida que desarrolla su teoría; avanza de la primacía de lo simbólico a la concepción de gozo que alcanza su punto más álgido que le implica tener un cuerpo. Sin embargo, el sujeto es siempre desafiando desde que su existencia, es del orden del afecto no de la sustancia.

Tercer y último acercamiento: las violencias simbólicas el malestar en la cultura de la postmodernidad.

Evidentemente pareciera que la violencia simbólica corre con la suerte de ser la más efectiva entre las diferentes manifestaciones de la violencia humana. A pesar de no ser directa y no deja marca física, con el tiempo, se instala como violencia estructural porque se politiza. Llega a ser tan eficaz que los sujetos implicados en ella – dominador y dominado – la normalizan y la asumen como algo natural, la legitiman con su aceptación, no la cuestionan.

La teoría psicoanalítica propone que la violencia se encuentra en el lenguaje, en el universo simbólico, y es común, inherente, a los seres humanos. Somos introducidos en lo simbólico, a la cultura, de manera violenta porque se nos impone en el proceso de nuestra constitución como sujetos. Se nos lanza al mudo, nos es impuesto un nombre y apellido, se nos hace parte de una familia -que no escogemos-, se nos pide adoptar un creo o región, se nos restringe a un lugar geográfico, se nos implanta una nacionalidad, un marca desde lo económico, lo étnico y lo social. Nuestro origen en el mundo está atravesado por la violencia de la palabra y de lo que un gran Otro hace bajo el precepto de nuestro propio bien. Nuestro propio origen está atravesado por la violencia simbólica.

Cuando el Dr. Freud habló del “narcisismo de las pequeñas diferencias” hacía referencia a que de esa, inicial y aparentemente inofensiva, inclinación agresiva, indispensable para hacer lazo social, puede resultar un odio aniquilador de lo más intenso. Desde esta perspectiva la violencia es precisamente humana, es un producto de las relaciones de poder que se establecen ante el hecho de ser cultura, de hacer sociedad. Es difícil encontrar referencias a actos de crueldad en un animal, como los que constatamos todos los días entre los seres humanos.

El hombre ante ello queda retenido por la ideal de sí mismo, atrapado en el hecho de su propio narcisismo, timando por las imágenes de la identificación y que le hacen ignorar lo que a él conciernen en cuanto a su propio inconsciente; él se asume como ese que dice ser. Siguiendo a Lacan diríamos que, es justamente allí donde, se hace necesaria una inscripción en cuanto a lo simbólico para que lo que lo movilice sea la consumación de su propio deseo más que la necesidad de rivalizar, competir e imponerse. Sin embargo aun introduciendo un deseo propio, algo hay de irreductible del narcisismo, del odio, de la agresividad y de la violencia.

La psicoanalista francesa Colette Soler, haciendo referencia al racimo, una manifestación de violencia simbólica a mi entender, dice: “me parece que definir el racismo simplemente como el rechazo de la diferencia no basta, el racismo de los discursos en acción no se reduce a un puro problema de identificación, sino que concierne a lo que en el discurso no es lenguaje: es decir al goce…”. Para los que no están familiarizados con el concepto lacaniano de goce, deben saber que está fuertemente vinculado al odio del que nos habla Freud, esa pasión irreductible e incurable en el inconsciente. Odio que es producido por una satisfacción primaria, permisivas, destructiva que puede llegar a estragar al propio sujeto sumergido en esa pasión.

El su texto “El malestar en la cultura” el Dr. Freud nos dice: “La verdad oculta tras de todo esto, que negaríamos de buen grado, es la de que el hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se lo atacara, sino por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad. Por consiguiente, el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo”, en este sentido podríamos decir que la violencia proveniente del odio y de la segregación precisamente localizará su objeto en lo más cercano, en lo próximo, en el otro semejante. Debemos aceptar entonces, que en una buena porción ese odio, esa agresividad, esta dirigía a hacia nosotros mismo desplazada en un otro semejante. Pareciera, pese a la crudeza con la que el Dr. Freud nos plantea la violencia del humano, que la violencia simbólica de Bourdieu se establece como dulce, invisible, que es ejercida con el consenso de los sujetos implicados, pero que en realidad pone un velo a la relación de poder que subyace a la relación que las configura.

En nuestra sociedad postmoderna las diferentes manifestaciones de violencia simbólica tienden a no ser identificadas como violencia y se sostienen más tiempo sin ser develadas, generando un malestar inconsciente; porque son manifestaciones que no se ven, de las que se dice no saber, que no se reconocen y no se presuponen.

Bourdieu reflexiona respecto a cómo naturalizamos e interiorizamos las relaciones de poder que se pone en juego en las construcciones socioculturales, convirtiéndolas en evidentes y dogmáticas, inclusive para aquellos sujetos que son sometidos en esta dialéctica. De allí surge en su teoría la violencia simbólica, que no sólo está socialmente constituida sino que también encuadra y define los bordes donde podremos opera y desde donde se nos será permitido percibir y pensar.

Este recorrido teórico plantea entonces la existencia de un residuo irreductible en cuanto a la violencia <simbólica>, no es posible abolir algo tan estructural en el ser humano.

Finalmente diría que el reverso a ese irreductible, de la imposible erradicación de la violencia <simbólica>, es su regulación por los mismos sujetos. Paradójicamente, el único con capacidad de regularla es aquel quien, siguiendo a Hegel, ocupa el lugar de esclavo.

Por: Manuel A. Velásquez y Alvarado, Psicoanalista

Nueva Guatemala de la asunción, 28 de noviembre de 2014

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Los niños pequeños a la escuela: ¿a que edad escolarizar a mi hijo?

      No llego a entender como, siendo los niños tan listos, los adultos son tan tontos. Debe ser fruto de la educación.

Alejandro Dumas, Novelista y dramaturgo

En el consultorio, con mucha frecuencia, los padres preguntan sobre cuál es la mejor edad para escolarizar a su hijos. El problema para responder a esta pregunta suelen radicar en las diferentes consideraciones que debemos hacer antes de tomar una decisión al respecto.

Aunque con el tiempo se ha establecido los supuestos beneficios de una escolarización temprana, en necesario considerar que los centros preescolares, las guarderías infantiles sobre todo, surgen como una solución a la necesidad de conciliar las demandas laborales y la crianza de los hijos.

Entre los dos y los seis años de edad, los infantes se ven afectos de manera extraordinaria al desarrollo de sus habilidades y motivaciones, que les permiten pensar sobre lo que hace, conocer sobre las consecuencias de sus acciones, el desarrollo de su lenguaje y el establecimiento de experiencias y vínculos que los trasformarán y los definirán para el resto de sus vidas. Esto implica que todas sus experiencias preescolares se harán significativas para su crecimiento integral.

Los niños tiene la necesidad de conocer, explorar e interactuar con su contexto, es desde allí donde construyen conocimiento, se constituyen como sujetos y adquieren las habilidades para funcionar en el mundo. Además de las implicaciones en cuanto a lo psicosocial del niño, la edad preescolar implica también su desarrollo intelectual y psicomotor, por lo que se hace relevante promover estos aspecto fundamentales.

En este contexto cave preguntarnos ¿son los preescolares un buen lugar para promover un adecuado desarrollo y constitución psicosocial de los pequeños?, la respuesta automática, permeada por todos los supuestos beneficios que nos han vendido en el mercado de la educación, sería que sí. Pedagógicamente hablando podríamos decir que efectivamente los centros preescolares son ese espacio, si embargo es importante enfatizar que no son el único, ni necesariamente el mejor de ellos.

Lo ideal sería que el infante, antes a su edad escolar (los siente años), estuviera con su madre, en el contexto familiar, interactuando lúdicamente con hermanos, vecinos u otros niños cercanos a su espacio, en un lugar donde tenga contacto con la naturaleza, con la dinámica, actividad y rutina diaria de su hogar.

Socialmente existe el entendimiento tácito, poco cuestionado y automático que entre más temprano entren los niños al contexto escolar se garantiza su temprana estimulación en cuanto a sus habilidades y aptitudes, lo que le garantizará que sean “adaptados y competitivos” y que automáticamente los hará hombres de éxito; colmándolos desde muy pequeños con la carga emotiva que eso implica. No es sino hasta que el niño manifiesta algún síntoma de inadaptación, y siempre y cuando los padres lo noten con importancia, que se introduce un cuestionamiento en ellos respeto a la pertinencia de la temprana escolarización de sus hijos.

Al escuchar los argumentos expresados por los padres, respecto a las razones para escolarizar a sus hijos a temprana edad, podemos identificar dos posibles justificaciones: la primera pragmática y vinculada a la falta de tiempo para cuidar de ellos porque se lo impiden otros actividades (trabajo, estudios universitarios, actividades sociales, etc.), y la segunda vinculado en hacer más “adaptables y competitivos” a sus hijos para lo cual es necesario introducirlos al contexto escolar, con el objetivo de que se les estimule tempranamente en su desarrollo de habilidades y aptitudes, formen hábitos, se les trasmitan valores universales y los primeros conocimientos académicos. Esta segunda justificación, en muchas de las ocasiones, también se relaciona a una necesidad de los padres para que sus hijos tenga la “capacidad” de matricularse en los mejores colegios y con ello accedan a un estatus específico.

Desde muchas lecturas teóricas el fomentar el desarrollo social, psíquico, académico y físico  de los niños no es cuestionado, e incluso es promovido. Los varios beneficios de la adecuada y pertinente (más que temprana) estimulación del niño, en sus diferentes etapas de desarrollo, es  difícil de cuestionar. Sin embargo es importante interrogarnos cual es el contexto y quienes son las personas más adecuadas para esta estimulación y promoción del desarrollo en los niños.

No debemos perder de vista que el contexto y edad preescolar es muy diferente de la edad y del contexto escolar, el segundo tiene como objetivo la transmisión de conocimiento formal académico, mientras que el primero tiene como objetivo la transmisión de los valores  generales que fundamentan a la familia a la cual pertenece el niño, el entendimiento de las dinámicas y los vínculos primarios, la introducción a una cosmovisión, las relaciones filiales y el primer acercamiento al entendimiento del mundo.

Desde muchas perspectivas podemos respaldar por que es importante estimular el desarrollo, en todos los sentidos posibles, de los pequeños en edad preescolar; sin embargo la promoción de esta estimulación, más que temprana, debe hacerse oportuna, pertinente y vinculada a las diferentes etapas su desarrollo. Pese a ello es importante considerar retrasar la escolarización de los niños el mayor tiempo posible, al mismo tiempo que se generan las condiciones necesarias para que la primera escuela sea la familia y los primeros maestros sus padres y hermanos mayores. Este espacio en casa, con el compromiso de los padres, puede generar los mismos, incluso mayores, beneficios que los que supone la temprana escolarización.

Los niños estarán listos física, social, y psicológicamente para el contexto escolar y sus implicaciones entre los seis y siete años de edad, antes de esa edad puede ser discutible y mucho más cuestionable la pertinencia de su escolarización.

Antes de decir a que edad matricular en el preescolar a un infante los padres deben evaluar el contexto y las razones que tiene para hacerlo, los beneficios que identifican, pero sobre todo preguntarse ¿la escuela preescolar es el único y mejor espacio para ello?.